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06 abril 2008

Controlando pesadillas

Hoy celebro veintisiete vueltas recorridas alrededor del Sol. Veintisiete largos paseos que me van llevando por caminos que no sé si he elegido o si ya estaban escritos para mí. Y durante la gran mayoría de las noches en las que el planeta seguía girando los sueños nunca me han abandonado. Ni las pesadillas.

Faltaba poco tiempo para el inicio de la carrera. Los monoplaza ya estaban calentando motores y ruedas en el circuito urbano de la ciudad que acogía el Gran Premio. La chica paseaba tranquila pero rápidamente a través del larguísimo trazado, observando a mecánicos, periodistas y demás habituales del deporte mientras buscaba un sitio decente desde el que observar el espectáculo. Nadie le impedía el paso, pues de su cuello colgaba visiblemente un pase de prensa que le permitía el libre acceso a cualquier zona del recinto, incluido el Start Grill, la zona de paddock y el Pit Lane.

Cuando al fin parecía haber encontrado una zona con una vista espectacular, en la última curva del circuito, allí donde más adelantamientos se producirían, alguien le recomendó que no se quedara allí, ya que existían demasiadas probabilidades de que en ese punto en concreto se produjeran espectaculares salidas de pista. El muchacho la invitó a un cubata mientras ella, agradecida por el consejo, subía por una frágil escalera de lona hacia una plataforma sobre ese punto. Y entonces recibió la llamada.

"Debes venir cuanto antes", le dijo apremiante una voz de mujer. "¿Ahora?", contestó la muchacha. ¿Por qué tenía que sucederle eso exactamente en ese mismo momento? ¿No le podrían haber avisado antes? Ya era noche cerrada y la carrera acababa de comenzar; claramente se la perdería por completo. De modo que, intentando no ser atropellada por ninguno de los veloces vehículos de carreras, cruzó peligrosamente el asfalto hasta introducirse en una vieja mansión.

Bien, ahí empieza la pesadilla. Se respira un aire festivo que se torna angustia con la llamada. Una gigantesca mansión habitada por una familia alemana que la había abandonado poco antes del Gran Premio. Suciedad y polvo por doquier, y demasiados objetos extraños, aunque difusos, como si fueran hologramas mal sintonizados. Una habitación cerrada en el sótano, llena de niñas.

"Esto es lo que hemos encontrado en uno de los dormitorios", afirmó la mujer que la había llamado poco antes por teléfono, tendiéndole unas fotografías y mostrándole un vídeo en su portátil. En él se observaba una niña de unos seis años, desnuda y siendo violada por un hombre maduro de piel blanca. Al parecer una cámara de vigilancia había estado grabando todos los movimientos ocurridos en la estancia durante los últimos meses. "Está todo registrado", le informó la mujer. La muchacha avanzó unos minutos el vídeo, para observar cómo la niña hacía sus necesidades en un rincón de la habitación, en la que se acumulaba el orín y las defecaciones. FastForward, ahora se veían unas diez niñas que vagaban a ciegas por el cuarto. FastForward, la habitación estaba a rebosar de niñas. Algo captó su atención: algunas de ellas yacían muertas en las esquinas, otras caminaban como zombies, y... "¡Dios mío!", exclamó con repugnancia; unas niñas se comían vivas a otras. "¡Pero qué cojones es todo esto!", no pudo evitar exclamar entre arcadas. "Hay que entrar en acción".

Se abre la pesada puerta metálica, y yo comienzo a desvelarme. Estoy empapada de sudor, y las sábanas me asfixian con sus pliegues, molestándome y haciéndome sentir incómoda. Como en mi pesadilla, estoy en mi dormitorio a oscuras, y llego a abrir los ojos para observar el brillante piloto rojo de Standby de mi televisor. Pero, todavía dormida y semiconsciente de mi estado, encuentro una posición en la que seguir descansando, y vuelvo a la habitación de los horrores.

"¿Todo este infierno aquí abajo mientras allí arriba se celebra un Gran Premio? Deberíamos avisar a las autoridades", exclamó la muchacha nerviosa. Sabía que era un peligro acercarse a esas niñas. El olor que desprendía la estancia era horrible: sudor, heces, vómitos y putrefacción en estado puro. Y cuando las niñas se dieron cuenta de la presencia de las dos mujeres, fueron a por ellas.

Yo salía corriendo por el pasillo, notando cómo mi corazón deseaba abandonar mi pecho a través de la garganta. Volvía a notar las sábanas sobre mi cuerpo, el pantalón de mi pijama se me arremangaba molestamente hasta las rodillas y mis manos palpitaban de calor, pero yo sólo miraba al pasillo, en el que podía observar la figura oscura de una de las niñas mirándome fijamente. Paralizada, sólo deseaba huir.

Y entonces me dije: "¡Despierta! No es más que una pesadilla, nada de eso es real, ¡despierta!". Pero yo seguía inmóvil en el pasillo, y la niña se giraba y corría tras la mujer que me había llamado, y al perderla de vista mi cuerpo se paralizó aún más, pues ahora el peligro era invisible y podía aparecer tras cualquier esquina. "¡Despierta ya, maldita sea! Ya has vivido estas sensaciones muchas veces, ¡sabes cómo hacerlo!", volví a gritarme, y agarrando las sábanas con fuerza empecé a alejarme de aquel tenebroso y dantesco lugar, sintiendo aún la presencia del peligro y la muerte, y seguí pensando: "¡Abre los ojos de una vez!".

Y los abrí, repitiéndome para mí misma: "Es una pesadilla, ya estás despierta, has conseguido huir, tranquila, respira hondo, enciende la luz y observa tu dormitorio, vuelve a la realidad". Pero al estar aún a oscuras seguía sintiendo el miedo en lo más profundo de mis entrañas, y me pregunté si la niña estaría esperándome en el interior de mi habitación, hasta que me dije: "Ya has conseguido abrir los ojos, ahora sólo falta que observes con luz". De modo que me incorporé en la cama y rápidamente encendí las luces.

Y volví a mi cuarto, diciendo para mí misma: "¿Ves? Has escapado conscientemente de la pesadilla". Me sentí entonces poderosa y fuerte, y cuando el pánico fue desvaneciéndose el sueño volvió a adueñarse de mí, y seguí soñando plácidamente, esta vez con el primer día laborable tras mi cumpleaños...

02 marzo 2008

Del laberinto de escaleras

¿Te has perdido alguna vez? En un bosque, por las calles de una inmensa ciudad, por autopistas y autovías, dentro de un gigantesco bloque de oficinas. En caso afirmativo conocerás bien la sensación que invade tu mente cuando no eres capaz de reconocer dónde estás ni mucho menos de saber cómo has llegado hasta ese lugar. Se trata de una especie de desconcierto aterrorizante, unos pocos segundos en los que te das cuenta de que definitivamente no estás donde deberías. Si vas acompañada el mal es compartido y por lo tanto menor, pero si estás sola un sudor frío puede llegar a paralizarte e impedir que actúes durante unos minutos, hasta que tu instinto de supervivencia te obliga a reaccionar y te mueve nerviosamente en alguna dirección, que no tiene por qué ser la correcta.

Luego están los laberintos. En todo momento sabes dónde te encuentras y a dónde quieres llegar; la ventaja es que sabes desde un principio que vas a perderte, por lo que el efecto sorpresa desaparece y aceptas el desafío con una sonrisa. Y siempre consigues llegar al centro y volver a salir, victoriosa, como si hubieses derrotado al mismísimo Minotauro.

Pero ¿qué sucede cuando se mezclan ambos hechos en un entorno familiar?

Es lo que te sucede ahora, ¿verdad? Acabas de salir por la puerta de tu casa; te dispones a ir a la escuela. Ya te queda poco para ser toda una universitaria. Llevas a tus espaldas la mochila y no te ha dado tiempo ni de guardar las llaves, cuando te has dado cuenta de que algo ha tenido que pasar mientras dormías, pues algún gracioso (curioso mecanismo de defensa de la mente, la ironía en momentos difíciles) ha cambiado la disposición de las escaleras que te tienen que llevar hasta la puerta que da a la calle.

Por un momento observas tu alrededor, mientras ¡al fin! tu cabecita se da cuenta de que las llaves no te van a ayudar a bajar, de modo que las guardas. Miras arriba y abajo, buscando con tranquilidad el camino que te llevará a tu destino. “No tiene que ser tan difícil”, estás pensando.

Primero te diriges al pasillo que hay delante de ti, para asomarte y ver la puerta por la que se filtra la luz del sol rebotada por el asfalto. Hay algo de niebla en el ambiente, una mezcla de partículas de cenizas y polvo que danzan a tu alrededor. Ahora miras hacia arriba hasta encontrarte con el tragaluz, donde parece finalizar el recorrido de la escalera. Luego te giras a derecha e izquierda hasta que encuentras los escalones que descienden. “Es fácil”, piensas de nuevo, “sólo son dos pisos”. Y empiezas a caminar.

Sigues el recorrido de la escalera con la mirada y sin soltar la barandilla. Estás realmente convencida de que lo estás haciendo bien. Cuando llegas al primer piso te topas con una bifurcación: dos tramos de escalones que bajan. ¿Qué camino tomar? Miras a uno y a otro, y te asomas por encima de la barandilla para ver si puedes adivinar a dónde llevan. Pero no ves nada. “Prueba y error”, te dices. “Si me equivoco, retrocedo”.

Te lo estoy diciendo y no me haces caso... No es tan fácil, chiquilla ingenua.

Decides tomar el camino de la derecha. Bajas unos cuantos escalones y miras enfrente para comprobar que ya estás en la planta baja. Pero ¡te avisé!: no lees “Planta baja” sino que ves un simple “3”.

¿Perpleja? Claro que sí. ¿Estás segura de que los escalones descendían? Tu cabecita repasa mentalmente los movimientos que acabas de hacer hace unos instantes. Sí, estás convencida de que el camino bajaba. “No puede ser”. Ay, chiquilla, claro que puede ser. Tendrás que empezar de nuevo.

Vuelves a subir los escalones por los que acabas de llegar. “Si estoy en el tres, en teoría ahora llegaré al cuarto piso...”. Pero ¡qué grande y cínica decepción! Te encuentras justo en la puerta de tu casa. ¿Te apetece sacar las llaves y entrar a descansar un rato? Bueno, piénsalo de este modo: ahora puedes volver a bajar al primer piso y seleccionar el camino de la izquierda. Claro que ya no estás tan segura como antes, ¿cierto? En tu interior está creciendo la duda. “¿Podré llegar abajo? ¿Qué trampa es esta?”. Pero no te achicas, así me gusta. Una muchachita valiente y decidida. Puedes llegar lejos... O caminar kilómetros sin llegar a ninguna parte.

Inspiras con fuerza. Eso es, concentración. Vuelves a caminar hasta la bifurcación del primer piso. Derecha. Bajas. Y ¿qué sucede? ¡Vaya! Un “4” en la pared. Aprietas los ojos con fuerza y vuelves a abrirlos, esperando que el 4 se haya transformado en otra cosa mejor. Pero no, el 4 es bien real. Te acercas para tocarlo. Miras arriba y abajo. No es una broma: estás en el piso superior.

“Vale”, te dices mientras intentas calmarte. “Vale”, repites, “tiene que haber una lógica. Buscaré el camino aunque tarde horas. Seguro que existe”. Qué cabecita tan ingenua y perseverante la tuya, chiquilla. Está intentando racionalizar algo completamente surrealista, como un dibujo de Escher. Pero puedes intentarlo, por supuesto. Nadie te lo impide.

Ves a tu izquierda unos escalones que bajan, y a tu derecha unos que suben. Y entonces intentas analizar lo que te ha sucedido hasta ahora: si cuando bajas subes, quizá bajes cuando subas. Te sonríes confiada creyendo haber encontrado la clave del laberinto, y empiezas a ascender por el camino de la derecha. Cuando llegas al último, cierras los ojos con fuerza de nuevo. Luego los abres poco a poco esperando ver de nuevo el “3”. Y un sordo “¡No!” se escapa de entre tus labios cuando lo que tus ojos ven es un “5”.

Estás empezando a ponerte nerviosa. ¡Casi lo tenías! Pero no ha funcionado. Esa no es la clave. ¿Quién te ha dicho que haya alguna clave? Te sientas en el suelo intentando mantener la calma. Sabes que los nervios no son buenos compañeros ni consejeros audaces, ¿verdad?

Te quedas sentada unos minutos, y luego te levantas rápidamente. Empiezas a sentir la angustia de sentirte encerrada en una jaula cuya salida sabes que existe pero que eres incapaz de ver. La angustia es el principio del miedo, y luego viene la desesperación y finalmente el colapso. De modo que, adorable chiquilla, será mejor que no permitas que tu angustia aumente.

Vuelves por donde has llegado, pero esta vez ya no miras con curiosidad a tu alrededor. Empiezas a subir y bajar escalones de dos en dos. ¡Ve con cuidado! Sólo faltaría que te lesionaras. “¿No va a venir ningún vecino?”, piensas con tensión. Se te acaba de ocurrir lanzar un grito desesperado de ayuda, pero ¿qué sucedería si todo esto se tratase de alguna mala pasada de tu cabecita? ¿Quieres que te lleven al loquero y te empastillen hasta que parezcas una zombie? Yo de ti me guardaría esa carta para el final, querida.

La tensión está empezando a subir. Lo noto por tu ansiosa forma de caminar, y porque empiezas a sudar. Recorres escalones uno tras otro, asciendes y desciendes sin descanso, señalando en diferentes puntos con el dedo al suelo y murmurando indicaciones para ti misma. “Si antes he venido por aquí, entonces ahora debería llegar al 4, y a partir de ahí probar otro camino”. Estás haciendo de un laberinto irracional un problema de lógica. La lógica tiene que funcionar. Siempre lo ha hecho en tu vida.

Sigues subiendo y bajando, apareciendo cada vez en un lugar distinto. Empiezas a respirar demasiado rápido; deberías relajarte. Ahora ya no caminas; estás corriendo. Suerte que llevas una pequeña botella de agua en tu mochila. Bebes un trago y sigues avanzando, cada vez más nerviosa. Nunca llegas a leer el letrero que necesitas; por cada “1”, “2”, “3”, “4” o “5” con el que te topas se te escapa un grito de rabia. Estás empezando a llorar, aunque te dices que no debes perder la calma. “Shhhh”. Pero no sirve de nada. Miras tu reloj. Yo de ti no lo haría... Te desesperas cuando descubres que llevas ya toda la mañana deambulando por el inmenso e irreal laberinto de escaleras. Entonces te agarras a la barandilla y gritas: “¡Por qué me hacéis esto!”, y sigues llorando.

Te vuelves a sentar en el suelo sollozando. ¿Derrotada tan fácilmente? No puedo creerlo. No paras de mover la cabeza de un lado a otro, luego la escondes entre los brazos, y te agarras el pelo y gritas en susurros, y cuando levantas la mirada tus ojos rojos muestran que estás abajo, muy abajo, en algún oscuro pozo en cuyas paredes temes dejarte las uñas. Vuelves a esconder la cabeza, para agarrarte las piernas hasta hacerte daño; tu cuerpo se tensa completamente y lanzas un grito ahogado. Te estás perdiendo en algún callejón oscuro de tu mente. No puede ser que te des por vencida con tanta facilidad. Vamos, levántate. Venga. Arriba. Deja de llorar, cálmate. Busca al menos la puerta de tu casa. Entra y descansa, duerme y mañana vuelve a intentarlo. Recupérate, come algo. Arriba. Vamos.

Así me gusta. Ha costado, pero tu respiración vuelve poco a poco a la normalidad. Te secas las lágrimas de la cara con la manga de tu chaqueta. Eso no es demasiado pulcro, ¿no crees? Bueno, no lo tendré en cuenta debido a la situación en la que te encuentras. Vamos, puedes seguir intentándolo. Pero te avisé: no sería fácil.

Empiezas a moverte con lentitud y desgana, arrastrando los pies. Sólo quieres volver a casa. Volver, volver a casa. Ese rinconcito de soledad y bienestar en el que te sentirás tranquila y protegida. Y vagas por el laberinto y, sin apenas darte cuenta, ¡vaya! Has vuelto a la puerta de tu casa.

Sacas las llaves, abres la puerta. Sabes... Siempre creí que lo conseguirías. Al principio no, pero ahora estás a punto de hacerlo. Ya te lo advertí: no sería fácil. Pero no te preocupes: una vez descubras el modo de salir, serás dueña y señora del laberinto; será única y exclusivamente para ti.

Te dispones a girar la llave que ya has introducido en la cerradura. Estás triste pero tranquila. Y de golpe alzas la cabeza. ¡Oh! ¡Al fin lo has descubierto! Te das cuenta de lo único en lo que deberías haber pensado desde el principio.

En la meta. No en el medio.

Visualizas la puerta de la calle, en el pasillo que hay ante ella, y ves cómo las partículas de polvo brillan doradas en el aire. Te concentras en cómo la abres poco a poco, en cómo notas el aire fresco rozando la suave piel de tu cara. Sientes el frío contacto del pomo en la piel de la palma de tu mano y el esfuerzo que tienes que hacer para tirar de la puerta, pues es muy alta y pesada. Te imaginas avanzando un paso sobre el gris asfalto, luego otro, y escuchas cómo la puerta se cierra a tus espaldas, y entonces sabes que has conseguido salir.

Lo has logrado. El laberinto es tuyo.

Por ahora.

28 julio 2007

De la isla

Hay una pequeña isla, invisible para aquellos que no saben mirar, perdida en medio de la nada de agua que es el Océano. Esa isla, desconocida por muchos y demasiado poco familiar para otros, contiene secretos que nadie conoce; es un reflejo vivo de nuestros miedos y terrores más infantiles. En ese pequeño trozo de tierra lo imposible se hace realidad y lo normal desaparece tras el velo oscuro y multicolor de la locura. A esa isla van a parar las personas agotadas, desesperadas, perdidas, desoladas, desesperanzadas, tristes. Y cuando llegan quieren irse, pero es una isla de la que es imposible escapar: únicamente se puede desaparecer, para pasar a formar parte de la isla misma.

Cuando una persona llega a la isla, despierta en una cama, perdida y desorientada. No se encuentra en la cálida comodidad de su bien conocido dormitorio, sino en una sala grande, con otras camas como la suya, todas ellas deshechas y vacías. Las sábanas son de color blanco, o quizá verde pastel, o quizá azul cielo. No hay paredes en la sala, sino enormes ventanales sin cristal por donde se filtra la plácida luz del sol; se pueden observar las frondosas copas de los árboles en el exterior, lo que indica que se está en un piso superior. Al abrir los ojos el recién llegado queda cegado por la intensidad de la luz y la fuerza de los colores, que al principio le dañan la vista, tan acostumbrada al mundo gris y sucio de la ciudad. Poco a poco se despereza, se sienta sobre el mullido colchón, y entonces empiezan las preguntas.

"¿Dónde estoy?" y "¿Cómo he llegado hasta aquí?" son las primeras que acuden a su mente. El viaje ha debido ser largo, aunque la persona no lo recuerde y aunque se sienta descansada y libre de pesos y cadenas. Al lado de la cama hay una pequeña mesita de mimbre, sobre la que hay una bandeja blanca con dibujos azules, una jarra de zumo fresco y un platito con tostadas, mermelada y mantequilla. Pero el viajero está aún desorientado y no quiere probar bocado; preferirá indagar por los alrededores, descubriendo el nuevo entorno sin prisa y con mucha curiosidad, deseando encontrar respuestas a sus muchas preguntas y dudas.

Se encuentra en una gigantesca mansión de planta cuadrada, cual caja de zapatos. Hay muchos pisos, y el viajero, en esta ocasión una joven, se encuentra en el piso superior. A su izquierda hay una puerta desvencijada y unas escaleras que, extrañamente, ascienden a otro piso, o quizá la azotea. El umbral de la escalera está a oscuras, y por un momento la joven cree notar una presencia oscura, triste y pesada, arrastrándose por los escalones. La equilibrada calma del exterior contrasta duramente con el frío oscuro de los recodos de la mansión, llenos de polvo, olvidados y descuidados por la luz. Una sombra de melancolía se mueve en ellos, y la joven no quiere mirar, pero su curiosidad es más fuerte y sigue adelante.

Desciende hasta el comedor, en la planta baja: un enorme salón a oscuras donde las motas de polvo flotan en el espeso aire, que parece guardar los recuerdos de cientos de años. Una enorme mesa marrón en medio de la sala, rodeada por antiguas sillas de alto respaldo, quieren invitar a sentarse y probar un delicioso bocado de los platos que se acumulan sobre ella; pero sólo hay restos de comida, platos amontonados y cubiertos desperdigados por su superficie. Un enorme reloj al fondo del salón marca lentamente un tic-tac sin compás, ahora más rápido, ahora algo más lento. Las cortinas se adivinan verdes, pero la suciedad lo cubre todo como un manto cenizo. Y traspasado el comedor, se llega a la sala principal, con una gigantesca puerta de madera maciza y cerraduras enormes sin llave. La muchacha, oprimida por tan desolador lugar, decide salir al exterior.

Y cuál es su sorpresa cuando se encuentra en mitad de un frondoso bosque. A sus espaldas, la mansión parece mucho más pequeña y baja que desde su interior; sus paredes marrones cubiertas de hiedra parecen llorar angustiadas, pero en su azotea se adivina paz y bienestar. La casa se encuentra rodeada por multitud de árboles de tronco enorme y espeso follaje, pero no pía ningún pájaro; el sonido parece lejano y denso, como si de un recuerdo se tratara.

La muchacha se dirige hacia su derecha, hasta encontrar un porche de blancas columnas y con dos bancos del color de las hojas de los árboles, y entonces decide preguntar en voz alta: "¿Hay alguien ahí? ¿Alguien sabe dónde estoy?". Pero no recibe respuesta, y sigue caminando alrededor de la mansión hasta rodearla tres veces, para más tarde sentarse en uno de los bancos del porche. Y entonces, al fin, ve a alguien.

Es un niño de unos seis años, delgado y con gafas, de piel y ojos claros. "Hola", le dice con una voz cantarina y dulce. "Hola", responde la joven, para luego añadir: "¿sabes dónde estoy o cómo he llegado hasta aquí?". El niño la mira con una sonrisa tranquila y le responde: "No lo sé, pero todos vamos y venimos, y rara vez alguien se queda. No te fíes del entorno; guarda secretos más oscuros de lo que te podrías imaginar". Y dicho esto, el niño transforma su cara en una horrible mueca, le da la espalda y echa a correr. "¡Espera!", grita la joven, "¡vuelve!". Pero es demasiado tarde; de repente se siente atemorizada, perdida y sola. Pero extrañamente se siente rodeada de gente, gente a la que no puede ver pero que presiente que sí pueden verla a ella, y eso aumenta su sensación de soledad. Un miedo infantil e irracional empieza a apoderarse de ella, y mirando a su alrededor se siente encerrada en una caja de árboles, sin saber qué hay más allá, aunque puede imaginarlo: más árboles, y luego el azul del mar y del cielo. Y nada más.

Entonces vuelve a meterse en la mansión, pasando por el apagado comedor, cruzando la cocina (en la que antes no se había fijado) y subiendo un piso tras otro, a cuál más tenebroso, hasta llegar a la sala donde despertó. Tiene miedo, y aunque no cree que hayan pasado muchas horas, ha empezado a anochecer en el exterior. Se tumba sobre su cama, quedando sus pies muy cerca de la puerta abierta. "Ahora la cerraré", piensa, pero no puede moverse: está demasiado oscuro y tiene miedo. Y de golpe, como si una voz en su interior le hablara, se percata de que tiene que pasar una noche allí, sola y asustada, y solo piensa en dormir, pero está demasiado desvelada como para cerrar los ojos. Y entonces llega la gente.

Algunos de ellos son caras conocidas; otros, en cambio, no son más que extrañas figuras de humo con voz hueca y risas estridentes. También hay insectos gigantes y pequeños mamíferos, y todos pasean por la sala, sin tocar el suelo, atravesando las paredes, sin mirarla. La muchacha se esconde cada vez más bajo su fría sábana, aunque tiene mucho calor a causa del miedo. Y entonces, de repente, aparece él en su cama. Un antiguo amigo y compañero de la vida al que hacía demasiado tiempo que no quería ver; y ella le pide que se vaya, pero él se ríe y le dice: "Tranquila, sólo tienes que pasar aquí una noche". Y entonces todo desaparece: la gente, las voces y el ruido, y una ensordecedora calma lo envuelve todo como una tela oscura y estrellada, y ella se asusta más, y entonces, tumbada sobre el costado derecho y mirando hacia los ventanales, piensa repetidamente: "Sólo una noche... Sólo una noche...". Intenta mantener la calma pero no puede, y cuando la angustia empieza a obligarla a respirar demasiado rápido, recuerda una canción y decide ponerse a cantar, porque siempre ha creído que la música alegra el alma y el corazón de los hombres, pero no tiene voz, y su garganta sólo produce sonidos ahogados y desafinados, pero ella sigue intentándolo hasta acabar la canción, una melodía sin letra del medioevo que resuena en su mente sin cesar. Y finalmente acaba riendo histérica, pero su risa tampoco tiene sonido, sino que es una risa ahogada y triste, aunque en su interior sólo oye sus propias carcajadas. "Me estoy volviendo loca", piensa desesperada. "Tengo que evitarlo...". Pero sigue riendo, y no puede parar, y el sonido de su risa no le gusta en absoluto, porque no parece suyo y no se reconoce.

Y entonces siente una mirada sobre ella. Todo está a oscuras, pero de la puerta a sus pies emana una tenue luz naranja, como el color sepia de una foto antigua y desgastada. Ella se gira lentamente, y aunque al principio no ve nada extraño, de repente se da cuenta: hay un bulto extraño en la puerta. Es de color marrón, y no sabría decir qué textura tiene, pero parece líquido y sólido al mismo tiempo, y es similar a la rugosa corteza de un árbol, y al mismo tiempo parece liso como la piel de un recién nacido. Y el cilindro gira lentamente sobre sí mismo, como buscando algo, pero no tiene ojos, y aunque acaba deteniéndose, la muchacha se siente observada y atrapada por su mirada. Y entonces algo estalla en su mente, un pequeño click en el mecanismo que la mantenía a salvo de la locura, y ella empieza a reírse a carcajada limpia, esta vez con ganas y fuerza, y señala al cilindro con el dedo índice, y le chilla una y otra vez entre risas: "¿¡Y tú qué eres, eh!?". Quiere reírse de lo que la atemoriza, y eso empeora las cosas, porque ella sabe que está faltándole al respeto a algo que ni siquiera sabe lo que es y que la estaba buscando y vigilando, pero ella no puede parar, y cuando nota que el cilindro está un poco más cerca de su cama, deja de reír en seco y sólo piensa en gritar pidiendo ayuda.

Pero de su garganta, de nuevo, no salen más que susurros ahogados. Le ha dado la espalda al cilindro y a la puerta, y con los pies encogidos intenta llamar a alguien que pueda ayudarle: un amigo, su madre, el niño del porche. Y sus sollozos angustiados son como el aleteo de una paloma en medio del silencio de la isla, y la oscuridad oprime su mente cada vez más, pero ella sigue intentándolo; quiere gritar, necesita gritar, porque sabe que si lo consigue, si finalmente logra alzar la voz en un desesperado intento por conseguir ayuda, quizá alguien vendrá a buscarla y sacarla de esa isla. Y recuerda todas aquellas pesadillas en las que siempre intentaba gritar pero no podía, y se sentía como dentro de una pesadilla, pero esa vez era real, y siendo real y no una pesadilla, lograría gritar.

Y en la tranquila oscuridad de la noche en la isla se alzó débilmente una voz ahogada, como de ultratumba, un último grito que llevó a la muchacha a otro lugar...

21 julio 2007

De cuando me ahogué en el mar

Llega el verano: mucho sol, demasiado calor, poca sombra al mediodía, aire cálido y bebidas refrescantes en terrazas de bares, con pantalones cortos o faldas y sandalias de todo tipo. Extranjeros que vienen de fuera y ciudadanos que un día fueron extranjeros se mezclan con los trabajadores que aún no tienen vacaciones o que ya las han disfrutado. Una explosión de color que no llega con la primavera sino con los primeros grados de más.

Con este panorama, a todo el mundo le apetece un buen chapuzón en la playa: pasar del calor más sofocante al frío helado del agua salada, una especie de auto castigo (todo el mundo lo pasa mal al meterse en el agua) en playas a rebosar y en las que parasoles y toallas cubren por completo la arena.

No suelo ir a la playa; es un hábito que quiero cambiar, ya que de pequeña me gustaba mucho: no había quien me sacara del agua, siempre jugando con la colchoneta o con una pelota. Me encanta nadar, aunque no muy lejos de la orilla, ya que el mar me produce un profundo respeto y un dulce temor: no pertenezco a él. Y esa lección la aprendí hace aproximadamente dos años.

Salí de la boca más cercana de metro, la que me llevaría directamente a la playa tras cruzar tres calles. Quizá fuese producto de mi imaginación, pero todo el barrio producía una extraña sensación de calor que invitaba a seguir caminando dirección al agua: una avenida amplia, con edificios y asfalto del color de la arena, contrastaba contra el azul impoluto del cielo; los bares hacían su agosto (qué peculiar frase) con sus terrazas, y todos los comercios, fueran del tipo que fuesen, vendían helados.

Yo llevaba días esperando ese momento: mi falda corta recién estrenada, mi camiseta de tirantes todo terreno, mis sandalias frescas, y mi mochila al hombro con lo esencial para un día de playa (una toalla, protección solar, las llaves de casa, la funda de las gafas, algo de dinero, documentación y tarjeta de metro). Mi acompañante de último momento estaba acostumbrado a ir a la playa, y conocía bien mi vergüenza: demasiado blanca a la luz del sol, me sentía como un copo de nieve en pleno desierto. Qué extraña ironía; hace siglos, las mujeres de piel blanca eran reconocidas como nobles, en contraste con la gente morena, signo de necesidad de trabajos en el campo. Ahora es al contrario: la tez blanca es sinónimo de rata de biblioteca o de complejidad. Yo, ese día, me armé de confianza y decidí olvidarme de mis libros y mis complejos.

Llegamos a la playa: un pequeño escondite en forma de U, tranquilo y no muy concurrido. Comenté con mi acompañante que me parecía divertido que todo el mundo pareciese querer ir siempre al mismo sitio: playas abarrotadas en las que se siente más el calor humano que el del sol; las playas vacías, le dije, siempre están vacías, para la gente que las busca. Él me respondió que ya se había dado cuenta de ello, pero que nunca se sabía qué sorpresas se podía encontrar uno en una playa.

No nos fue difícil encontrar sitio; extendimos nuestras toallas sobre la arena ardiendo y nos tumbamos al sol, observando a la gente de alrededor: parejas jóvenes, grupos de amigos, y alguna familia con los niños. Había poca gente en el agua, que estaba en calma, su superficie lisa como una sábana de seda azul. A nuestras espaldas quedaba la vía de tren, y un poco más lejos, unas cortas escaleras que llevaban a la pequeña plataforma con tres o cuatro carretas, lugares reservados para privilegiados (ese día yo era uno de ellos) donde descansar del sol y comer o echarse una siesta. De hecho, la mañana pasó rápido, y después de comerme un helado de chocolate, nos metimos en nuestra carreta.

Era pequeña, como una caravana, y oscura y fresca. Tenía una cama, una mesita con una tele, un montón de cortinas y una nevera pequeñita. Estuve tumbada un rato, mirando por la ventana en dirección a la playa (que quedaba a unos cien metros), observando cómo se iba llenando de gente poco a poco. Decidí esperar a que volviera a vaciarse por la tarde para volver a ella y nadar un rato.

Por la tarde no hacía tanto calor, pero el sol parecía no haberse movido del horizonte. Me senté en mi toalla, viendo cómo la gente se marchaba poco a poco. Quizá era producto de tanto sol, pero la playa parecía ensancharse y estrecharse; a veces parecía ser kilométrica, y otras veces me daba la sensación de estar en una pequeña cala perdida. Para despejarme un poco, me metí en el agua a nadar.

Hay un buen truco para superar los primeros momentos de frío al contacto con el agua: mojarse nuca, muñecas, cuello y torso, coger aire y, con paso decidido, meterse de cabeza en el agua rápidamente. De modo que eso hice, ¡y qué maravillosa sensación!, sumergiéndome en el agua, sin oír más que un ruido sordo, sintiéndome rodeada por un líquido refrescante, estando yo sola por unos instantes. No recuerdo cuánto tiempo estuve nadando, pero me sentí realmente bien al salir del agua. Debió ser bastante rato, porque cuando volví a la orilla, ésta era mucho más estrecha y su pendiente mucho más pronunciada, como si hubiera subido la marea.

Me senté de nuevo en mi toalla, mirando embobada cómo las olas iban acercándose a donde yo estaba, hasta que el agua me tocó los pies. Empecé a sentirme ligeramente inquieta, ya que la marea estaba subiendo demasiado rápido, pero la gente a mi alrededor parecía no darle más importancia, de modo que moví mi toalla de sitio y volví a tumbarme.

Y en la calma de esa tarde que parecía una mañana, alguien lanzó un grito. No entendí qué decía, pero la gente comenzó a correr de un lado para otro. La pendiente de arena ahora era muy empinada, y mirando a mi derecha vi que el mar estaba comiéndose literalmente la playa: la gente recogía rápidamente sus pertenencias y subía con esfuerzo la pendiente, y cuando llegaban arriba se quedaban mirando el mar con preocupación, gritando a los demás que subieran sin falta. Yo tardé un poco en reaccionar, y cuando cogí mi toalla y mi bolsa y empecé a subir la pendiente, una ola me golpeó en la espalda, haciéndome caer hacia atrás.

Intenté incorporarme, mirando hacia la gente que me observaba desde lo alto, y pedí ayuda. Pero nadie bajó a ayudarme; sólo me miraban con angustia en los ojos, apremiándome a volver a intentarlo. La arena bajo mis pies era muy poco estable y me costaba moverme; cada vez que trataba de subir la pendiente, se deshacía y me devolvía al mar, en el que las olas se peleaban por engullirme. Seguí intentándolo, agarrándome desesperadamente a la arena como si fuese una barandilla, sabiendo que eso no serviría de nada, sintiendo cada grano de arena clavándose en mi piel; el pánico se iba apoderando poco a poco de mí, y mis ansias por escapar eran cada vez más fuertes: ¿por qué no había sido más rápida cuando oí el primer grito? Y en un último esfuerzo desesperado, cuando casi estaba en la cima de la barrera de arena, una ola gigantesca me atacó por la espalda y me arrastró al mar.

Pude ver cómo la gente cogía mi toalla y mi bolsa, para luego mirarme con tristeza y pena. Al principio quedé muy aturdida, sintiendo todas las burbujas de aire recorriéndome el cuerpo, los finos granos de arena hiriéndome la piel por la fuerza de la corriente, el agua introduciéndose en mis oídos y nariz y obligándome a toser y atragantarme; y no sabía dónde estaba el arriba y dónde quedaba el abajo. Pude sacar la cabeza del agua unos instantes, y vi que la orilla quedaba ya muy lejos, pero las olas eran fuertes y me volvían a introducir en el agua, dejándome sin aire. Quise nadar y salir de allí; quizá si me aproximaba lo suficiente a tierra firme, alguien me lanzaría algo a lo que asirme para salir de allí. Pero cuanto más intentaba luchar contra el agua, más me engullía ésta, con el ensordecedor rugido del agua revuelta en mis oídos y la furia de las burbujas y la arena en mi piel.

La última vez que conseguí asomarme a la superficie, pude ver que la playa estaba ya muy lejos, y que unas espesas nubes grises cubrían todo el cielo. La gente apostada en lo alto de la cima de arena miraba desesperada y, poco a poco, fue dando la espalda al mar y marchándose; y supe que todo era en vano, y que no había manera de salir de allí. Entonces decidí que la próxima ola que me encontrara sería la última. Cogí aire, y cuando ésta llegó, me dejé llevar por la corriente, rindiéndome a la fuerza del líquido elemento al que tanto había respetado y temido, y que ahora me reclamaba enfadado, cual sacrificio humano. No pude evitar en ese momento: ¿aprenderán algo de esto? Y así, dejándome llevar, me adapté poco a poco a la fuerza del mar, y éste pareció relajarse y soltarme, pero yo ya estaba demasiado hundida, y entonces mé arropó con sus aguas cálidas y oscuras y me mimó mientras yo exhalaba los últimos restos de aire de mis pulmones...

28 enero 2007

De los lobos

Cuenta la leyenda que cada cien años una manada de lobos de pelo del color de la tierra seca y ojos rojos como la sangre vuelve al mundo para llevarse a los que duermen. Siempre pensé que se trataba de un cuento para asustar a los niños, hasta que un día los vi con mis propios ojos.

Supongo que la gente no podrá creer lo que voy a explicar, pero pienso narrarlo tal y como fue; ésta es mi historia, y podéis convertirla en leyenda o mito, me da lo mismo. El tiempo acabará dándome la razón.

La luna llena brillaba altiva en el firmamento, y las estrellas parpadeaban con fuerza alrededor suyo, como intentando acercarse a la Tierra, imponentes, amenazantes, pero siempre tan lejanas. Yo miraba por la ventana mientras a mis espaldas la luz del televisor jugaba a crear y destruir sombras en mi dormitorio; y el sueño parecía haberme abandonado, y el cansancio se olvidó de mí, y finalmente opté por bajar la persiana y cerrar la ventana, apartándome por una noche del mundo lejano de las estrellas y los astros, para intentar dormir.

Pero al acostarme no podía cerrar los ojos. Dando vueltas en la cama, escuchaba atentamente el ensordecedor silencio de la ciudad, pues todos los sonidos parecían haber desaparecido: no había vecinos, los coches no circulaban por las calles, las parejas no paseaban románticamente por las plazas; no había música ni golpes, e incluso las hojas de los árboles parecían haberse callado para siempre; el agua de los estanques no fluía, los gatos callejeros no rebuscaban en la basura, y las cucarachas y las ratas hacía rato que habían dejado de corretear bajo nuestros pies. Los perros no aullaban a la luna, y los aviones no llegaban a despegar nunca; los bares habían cerrado, e incluso el tic tac de los relojes se había detenido. Todo estaba inmóvil, paralizado, congelado en el tiempo. Y yo escuchaba, única testigo de lo que estaba a punto de suceder.

Aunque no podía oírlos, sabía que mis padres dormían en su habitación en el lado contrario del piso; ni siquiera mi padre roncaba, y mi madre no se movía nerviosa en la cama. Tanta quietud empezó a asustarme; algo no iba bien. Decidí levantarme y mirar de nuevo por la ventana, intentando que la oscuridad aterciopelada de la noche invadiera mi mente y corazón y fuese cerrando lentamente mis párpados. Y cuando abrí la ventana, todo había desaparecido.

Allí delante, donde antes se habían alzado los incontables edificios de mi barrio y luego de mi ciudad, no había más que una inmensa pradera de malas hierbas y rocas resquebrajadas. La luna me proporcionaba la suficiente luz como para ver más allá de lo imaginable, pero ya no era del color de la plata, sino que se había vuelto roja, roja como la sangre más fresca, y el rojo de la luna y el verde de las malas hierbas y el extraño azul que parecía emanar del horizonte no tranquilizaron mi alma, pero de algún modo quise dormir.

Por un momento pensé: "Al fin te quedaste dormida, y ahora estás soñando, y nada de esto es real". Pero no osé moverme, pues hasta mis párpados producían un ruido ensordecedor en la sobrenatural calma que había cubierto el mundo. Entonces Volví a mirar por la ventana, esperando ver de nuevo ese enorme limonero enfrente a mi ventana, y más allá el edificio rosa, y un poco más allá la maraña de antenas y parabólicas, y más allá el cielo. Pero la llanura seguía allí, y aunque ahora todos los sonidos de la ciudad parecían haber vuelto sin avisar cuando ésta había desaparecido, también pude escuchar la furia del huracanado viento, y vi como éste arrancaba las rocas del suelo, y nubarrones del color de un televisor en un canal muerto se movían rápido en lo alto, amenazando lluvia.

Y en el horizonte aparecieron ellos. Al principio eran tres, grandes como un caballo y furiosos y hambrientos, y luego fueron apareciendo más, primero por la izquierda, luego por la derecha, y se fueron acercando para después perderse de vista tras mi habitación, que de repente estaba al nivel del suelo. Y entonces entendí que la leyenda era real, y supe que mis padres iban a morir. Mis padres, y toda la gente que en ese momento estaba durmiendo.

Recuerdo perfectamente lo que pensé entonces: "Soledad". Iba a quedarme sola, y seguiría viviendo hasta el final de mis días con el peso de haber estado despierta cuando todos dormían. Miraba por la ventana, recordando los edificios que habían desaparecido y la gente que había estado allí durmiendo perturbadores sueños o tranquilas pesadillas; toda esa gente llevaba tantos años viva, y habían aprendido a querer y amar y odiar y sentir y despreciar y sufrir igual que yo, para que cada una de esas vidas, tan ajenas a mí y que podían llenar multitud de libros con todas sus experiencias, tan personales, tan diferentes y al mismo tiempo tan similares a las del resto, acabasen en ese preciso instante. Pues los lobos habían llegado en uno de los momentos en el que el ser humano es más débil e incluso deja de ser consciente de sí mismo: la noche y el descanso, el momento del ansiado sueño.

Pero entonces caí en la cuenta: ¿habría alguien más despierto? No tuve demasiado tiempo para encontrar una respuesta que me satisficiera, ya que escuché un golpe procedente de la cocina. El piso estaba a oscuras, pero al salir de mi habitación no me atreví a encender la luz: prefería imaginar sombras a ver la realidad que me rodeaba.

Y, tal y como yo esperaba, allí estaba él, un lobo enorme y hermoso, con los ojos rojos y el pelaje marrón sucio y enredado. Sus patas eran fuertes y su lomo espléndido, y parecía invitarme a montar encima suyo, y toda su figura mostraba autoridad y respeto. Tenía las fauces abiertas y un hilo de saliva caía de su morro lleno de sangre, y sus orejas se giraban al mínimo sonido. Y entonces se giró hacia mí, y me miró con sus ojos carmesí, y aunque al principio parecía furioso, de algún modo su rostro se relajó, bajó la cabeza y me dio la espalda. Yo no era su presa. Yo estaba prohibida para él. Y, de algún modo, me debía respeto y me tenía miedo.

Pero en el preciso momento en que se cruzaron nuestras miradas, lo vi con toda claridad: el dormitorio de mis padres, y un enorme agujero en la pared por el que se colaba la luz de la luna, y sus cuerpos destrozados sobre la cama, y la sangre, dios mío, cuánta sangre. Y del mismo modo imaginé todos y cada uno de los cadáveres que aparecerían al día siguiente en la ciudad, si es que quedaba alguien para encontrarlos. Pero, sorprendentemente, la idea no me entristeció, y me sentí culpable al sentirme de algún modo liberada: un cambio, violento pero liberador; el mañana me esperaba, y los lobos se irían, y yo ya encontraría algo para hacer.

Porque, cómo iba yo a saberlo, quizá al día siguiente todo habría vuelto a la normalidad...

Y pensando en ello, y sin miedo a los lobos porque no podían tocarme, me volví a mi habitación, y me estiré en la cama... Y entonces decidí que me daba lo mismo seguir viva que morir. Porque el cansancio me invadía, y de repente tuve muchísimo sueño, y pensé que si no despertaba, daría lo mismo, pues estaría siguiendo el mismo camino que mis padres se habían visto forzados a tomar. Y entonces me dormí... pensando en las motivaciones de los lobos y en quién o qué los mandaba...

Y aunque al día siguiente todo volvió a la normalidad, de algún modo algo había cambiado. Los lobos se llevaron algo muy preciado... Algo que ahora sólo yo poseía, aunque nunca he sabido qué es...

18 diciembre 2006

De cientos de ordenadores y de tu ausencia

Hay días en que el trabajo me supera, pero al fin y al cabo esos días finalizan y, como es bien sabido, tras la tormenta llega la calma (o algo así dicen, si no me equivoco). Pero ese día en particular estaba siendo extremadamente difícil: tras la hora de comer, llegó el que entonces era mi jefe y su séquito de admiradoras cuales escarabajos peloteros persiguiendo al dios sol. Pensé: "¡Bien! Está de buen humor, eso es buena señal". Cómo me equivocaba.

Mientras me retiraban el plato de comida de la mesa y la camarera se dirigía a la puerta de la izquierda, donde se encontraba la cocina de tan enorme sala restaurante, el que fue mi jefe hasta hace dos años (lo llamaremos Ma) se sentó a mi derecha y mirándome fijamente a los ojos me dijo: "Esto tiene que estar listo cuando antes". "¿Cuántas posiciones son?", pregunté yo ligeramente preocupada mientras paseaba mi mirada por los aproximadamente mil metros cuadrados de sala que me rodeaban. Filas interminables en las que colocar centenas de ordenadores. Mesas que limpiar, sillas que apartar, alfombrillas de ratón que controlar, y todo eso sin tener en cuenta las innumerables interrupciones que sufriría por parte de, calculando rápido, un sesenta por ciento de los usuarios. "Todas". Fue la peor respuesta que me podrían haber dado jamás. "¿Para cuándo las necesitas?", escupí mientras intentaba mantener la calma. "Para esta tarde". "Bien", contesté, y automáticamente me giré para empezar a configurar el primer ordenador. Ma debió darse por aludido, bien por mi gesto ligeramente enfurecido, bien por mi cara de pocos amigos, bien por la nube de energía negativa que yo sabía perfectamente que se había formado a mi alrededor, por lo que se levantó de la silla y se reunió en la puerta de salida con sus admiradoras peloteras para seguir riéndose de la vida.

Realmente era imposible que pudiese terminar ese trabajo en una tarde. Aunque las torres de los ordenadores estaban colocadas en su sitio, no había ni un solo monitor colocado; se encontraban amontonados a la izquierda de la sala, mirándome apagados con sus ojos de búho medio dormido pero atento a todo. Eran monitores de tubo (la mayoría regalados y a punto de morir; las siglas TFT sólo podían significar "Te Falta Tefal" en el vocabulario cultural de esa gente), por lo que el panorama no era muy alentador.

Tenía ya preparados unos 5 ordenadores cuando empezó a llegar el personal del turno de tarde. Por suerte, el bloque de mesas donde yo me encontraba ya tenía todos los equipos en marcha, de modo que se fueron colocando en esas posiciones. Pero no podía ser tan sencillo. Una de las mujeres, pelirroja, de unos cuarenta y cinco años y con voz de pito, me dijo desde la fila siguiente: "Hoy me quiero sentar aquí, prepárame un sitio a mí y el de al lado a D.". "Maldita sea, ya empiezan", pensé. Sin dirigirle la palabra, y habiendo observado los azules ojos de Ma mirándome, hice lo que me pedía. Poco a poco la sala se fue llenando y la gente se iba sentando en posiciones aleatorias, por lo que tuve que ir de un lado para otro para que la gente pudiese trabajar.

"Me iré a las ocho, me da lo mismo lo que digan", decidí en mi interior. Aunque en teoría tenía que dejar listas unas trescientas posiciones, en realidad la plantilla no superaba la media centena, por lo que ¿para qué podían querer tantos puestos para ya? De modo que mientras las horas iban pasando, fui preparando equipos, uno a uno, hasta que acabé agotada, aunque no había hecho ni un cuarto de la sala. Y cuando estaba a punto de coger mis cosas e irme, Ma se acercó a mí.

"Oye déjalo, no te vas a quedar aquí toda la noche, ¿no?", me dijo con una sonrisa. En mi interior pensé: "Tampoco pensaba hacerlo, pero si es lo que quieres creer, no soy yo quien te diga lo contrario". De modo que me invitó a cenar con el resto de gente en un bar cercano. Le había cambiado el humor, o más bien él había cambiado su humor cada vez que habló conmigo; saltaba a la lista que era su táctica para que yo trabajara más ("Si está cabreada, querrá acabar cuanto antes y lo hará más rápido"), y yo me había dejado engañar como un gato al que le enseñan una golosina para que salga del dormitorio.

Y aunque fui con ellos al bar, yo había quedado contigo. A media tarde aproximadamente, habíamos hablado por teléfono, para quedar sobre las diez cerca de mi casa. Bueno, eran las ocho, de modo que podría estar un rato con esa gente y luego llamarte para saber dónde estabas e ir a verte. Así que acabamos en un bar pequeño pero acogedor, el típico bar de barrio pero sin sus borrachos y juerguistas de más de cincuenta años. Nos sentamos al fondo de todo, bastante cerca de la barra y justo al lado de los lavabos, y pedimos algo de beber. En total éramos ocho personas, amontonadas y apretujadas alrededor de dos minúsculas mesas, con lo que el contacto físico era inevitable y agobiante. Todo el mundo se reía y había un buen ambiente, y yo también hice bromas, despreocupándome por la hora y por todo el trabajo que me quedaba por hacer. Total, estábamos ya fuera del trabajo, así que podía hacer lo que me diese la gana.

Cuando ya me terminaba la Coca-Cola que me estaba tomando, las bromas ya no me parecían tan divertidas, y la conversación tocaba temas completamente desconocidos para mí, por lo que empecé a aburrirme. Miré distraída el móvil para darme cuenta que eran casi las diez de la noche, de modo que interrumpí amablemente la conversación para señalar que me iba un momento a llamar a la calle; la gente me miró sin prestar demasiada atención, y alguien dijo un "Sí, sí, vale" desinteresado que me hizo retirarme sintiéndome completamente ignorada.

Una vez en la calle, enfrente del bar, entre la gasolinera y la enorme avenida de mi izquierda, te llamé, pero no cogiste el teléfono. Pensé que no pasaba nada, que quizá estabas en el metro y no había cobertura. Te envié un mensaje: "Estoy con esta gente en un bar, llámame y te doy las indicaciones de cómo llegar, está cerca". Volví al bar y me senté de nuevo con esa gente, que ya estaba cenando. Dejé el móvil sobre la mesa, esperando una respuesta por tu parte. Pero pasaron veinte minutos y el teléfono no sonó, de modo que volví a salir a la calle y volví a llamarte, una y otra vez. Empecé a ponerme nerviosa, ¿te había pasado algo? Miles de opciones cruzaban mi mente, a cual menos alentadora, y aunque traté de encontrar una explicación lógica, la sensación de angustia e inseguridad fue ganando terreno, hasta que después de decenas de llamadas sin respuesta empecé a preguntar por tí en la calle, en la gasolinera, a los vecinos. "¿Habéis visto a un chico delgado, con el pelo algo largo, vestido seguramente de negro?". La gente me miraba mal y no me respondía. Volví al bar a preguntar a mis compañeros si te habían visto entrar mientras yo estaba en la calle; me miraron extrañados y me ignoraron completamente. El tiempo pasaba, eran las once y media. Salí una vez más al frío de la noche y grité tu nombre, preguntando dónde estabas. Grité a la gente, grité al cielo, grité a los coches y al móvil. Y una extraña certeza de que jamás volvería a verte me había invadido, y no entendí por qué tenía que ser así, ¿qué había hecho yo para perderte de esa manera? Sin explicaciones, sin un adiós, sin nada.

Acabé sentada en el suelo, llorando y sin saber qué hacer. La última vez que miré al móvil eran las dos de la mañana, pero la esperanza seguía clavada como una daga en la espalda. Y lo cierto es que nunca apareciste...

18 noviembre 2006

De cuando no pude pasar las Pruebas (o de cuando el Oráculo me habló)

Hace unos meses empezaron las Pruebas. Se realizaban en un pueblo en el que nunca había estado; parecía un pueblecito medieval pero moderno al mismo tiempo, como atemporal. Las calles tenían adoquines, y las casas eran pequeñas, con techos de paja, y estaban muy juntas las unas a las otras. Se respiraba un aire festivo, aunque había cierto nerviosismo en el ambiente; la gente reía y hacía bromas mientras entraba y salía de las distintas casas, la mayoría de ellas tiendas.

Yo iba sola, aunque me iba encontrando con gente que me acompañaba durante unos minutos. Como ya he dicho, era la primera vez que estaba allí, y me sentía muy perdida; admiraba la seguridad con la que el resto de personas iban de un lado para otro, ansiosas por pasar las Pruebas. Yo ni siquiera sabía de qué trataban, pero nadie me lo iba a explicar. Sólo me decían: "tú puedes", "ya verás que es sencillo", "las pasarás sin problemas", "esto no es nada para ti". Todo el mundo me animaba, y se sorprendía al saber que aún no las había pasado. "¿Cómo? ¡Pero si eres la persona más adecuada para ello! ¡Pero si tú estás preparadísima! ¡Todos confiamos en ti! ¿A qué esperas? ¡Siempre tan segura de ti misma, no puedo creer que ahora no te atrevas! ¡Pero si has pasado por cosas peores! ¡Eres la persona indicada para hacer historia! ¡Todo el mundo da por hecho que ya las has pasado! ¡No nos defraudes!". Todas esas palabras no me ayudaban en absoluto. Y aunque todo el mundo me animaba, en realidad estaba completamente sola.

Iba vagando por las calles, sin saber muy bien qué debía hacer. ¿Debía meterme en alguna de las casas? Cuando una puerta se abría, solo había oscuridad. Me detuve en un cruce, mientras el gentío seguía su camino sin hacerme caso. Entre tanta confusión, vi que alguien se acercaba a mí. Me sorprendí al ver que era un antiguo compañero de la escuela, quien con una sonrisa de oreja a oreja me dijo: "Voy a pasar las Pruebas ahora, ¡estoy nervioso! ¿Y tú? ¿Ya las has pasado?". Le respondí que no, y que ni siquiera sabía lo que tenía que hacer.

"Es muy sencillo", me respondió, "yo ya las he pasado varias veces. En principio con una sola vez basta, pero es un reto personal que me gusta conseguir cada cierto tiempo". Ahí alcé una ceja, ya que precisamente este chico era la última persona que habría podido imaginar enfrentándose a lo desconocido. De pequeño, al menos, había sido tímido e introvertido, y siempre parecía muy poco seguro de sí mismo. ¿De dónde sacaba esa fuerza?

"Mira, entra conmigo si quieres en esta casa", me indicó, señalando una de las pequeñas edificaciones. "Fíjate bien, pues no es una tienda; dentro no hay nada, sólo el más oscuro abismo. Lo único que tienes que hacer es entrar por esta puerta de aquí y salir por el otro lado, ¿ves? ¿No es emocionante? ¡Pero no pongas esa cara! Al principio da miedo, pero una vez lo has conseguido, verás que es como un juego de niños..." . Y, diciéndome esto, se dirigió corriendo a la puerta. Al llegar a ella, se giró y, con una amplia sonrisa, me gritó: "¡Estoy seguro de que lo conseguirás! ¡Nos vemos luego y me explicas qué tal!". Y desapareció.

Quizá lo que más miedo me daba era el hecho de que todo el mundo estaba muy seguro de sí mismo. Todas esas personas se enfrentaban a lo desconocido, a la muerte (pues había oído decir que en algunos casos la gente no llegaba a salir jamás de las casas), con una calma envidiable; realmente lo disfrutaban. ¿Era yo la única que lo veía como algo realmente peligroso? ¿Por qué debía pasar yo también esas pruebas? Mi angustia iba creciendo, y mi cuerpo parecía no responder a mi petición de moverse. Sólo quería llorar, quería irme, quería que toda esa gente supiera que yo no estaba preparada para esas pruebas, que no podía hacerlas.

Entonces se acercó otro amigo, al que hacía unos meses que no veía. Me miró amablemente y, abrazándome cariñosamente por los hombros, me sonrió y me dijo: "Estás nerviosa, ¿verdad?". Y en ese preciso momento me puse a llorar; rodeada de gente que esperaba tanto de mí y que no entendía mi inseguridad, al fin alguien empatizaba conmigo. Me empujó suavemente fuera de la multitud, diciéndome: "No te preocupes, deberás pasar las Pruebas, pero sólo cuando tú creas que puedes hacerlo, no cuando quiera el resto de la gente. No les hagas caso. Quizá aún no estás preparada, pero voy a llevarte a un lugar que podrá ayudarte".

De modo que me dejé llevar por su dulce abrazo protector, hasta que abandonamos el pueblo y el paisaje se tornó moderno y, de algún modo, futurista: amplias avenidas, enormes rascacielos, y plástico, cemento, acero y vidrio contrastaban con los caminos de tierra y las casas de adobe y ladrillo del pueblo. Tras entrar en uno de los rascacielos, subimos hasta la planta superior (entre la veinte y la treinta, creo recordar), y entramos en un enorme despacho. No había muchos muebles, sólo una hilera de sillas en una de las paredes, y enormes ventanales en otras dos. Al fondo de la habitación había una enorme mesa y una silla de despacho, y dos mujeres de edad avanzada paseaban arriba y abajo con un montón de papeles en las manos. Cuando mi amigo entró, lo saludaron: "¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo te ha ido todo? ¡Se te ve muy bien!". A mí me ignoraron por completo, aunque creí notar una mirada de desprecio por parte de ambas mujeres.

Cuando terminaron de hablar, mi amigo me indicó que me sentara en una de las sillas, y él se sentó en la de al lado. Mirando a una de las señoras, le dijo: "Ella tiene que prepararse para las Pruebas, y yo, aunque ya las he pasado, quiero ayudarla". La mujer volvió a mirarme con desprecio, y acto seguido le dio un papel arrugado y un vaso de agua, y desapareció. Mi amigo, sin mirarme, puso el papel sobre el reposabrazos de la silla y tiró el vaso de agua por encima. Me quedé observando sus movimientos, seguros y precisos, mientras utilizaba el vaso para quitar las arrugas de la hoja, que por otro lado vi que estaba escrita a máquina, aunque no pude leer lo que ponía. Yo seguía estando angustiada, y no me creía capaz de hacer ni siquiera algo aparentemente tan sencillo como eso. Tras unos minutos de ver a mi amigo, empecé a darme cuenta de que quizá yo también sería capaz de hacerlo. Por algo debía empezar, ¿no? Mi amigo no me dirigía la palabra, pero supe que sólo tenía que imitar sus movimientos cuando yo quisiera hacerlo, aunque de algún modo su silencio me apremiaba a ello.

Y, tras varios minutos de indecisión, una oleada de atrevimiento me empujó a llamarle la atención a una de las mujeres. "Este es el momento; si dejo que esta sensación pase, quizá no vuelva a atreverme a nada en toda mi vida". La mujer me miró nuevamente con desprecio, y le pedí una hoja y un vaso de agua. Me miró sorprendida, y me tendió la hoja y el vaso. Empecé a tirar el agua sobre la hoja, y entonces la mujer se me acercó y me dijo: "Quizá deberías empezar a deshacerte de algunos problemas para poder afrontar otros nuevos con más fuerza, ¿no crees?". Y acto seguido desapareció de mi vista.

Jamás en mi vida unas palabras me habían afectado de esa manera. Me quedé paralizada, sintiendo como si alguien se hubiese metido en mi mente y hubiera recorrido hasta los rincones más escondidos de ella, descubriendo nuevos lugares que yo desconocía. Me sentí invadida y desnuda, pero la peor sensación de todas fue el darme cuenta de la razón que tenía la mujer, y de lo imperfecta que yo era... Porque esas palabras decían muchas cosas más, no sólo su significado. Fue como descubrir una parte de mí jamás conocida... Y esa era realmente la Prueba que debía pasar; conocerme a mí misma, no a través de la imagen que mostraba a los demás, sino llegando a todas esas partes de mí que no me gustaban.

Supongo que a día de hoy sigo pasando esa prueba...

16 noviembre 2006

Del viaje en tren y mi muerte en el mar

Todo el mundo sabe que, aunque he viajado poco, me encantan los viajes largos en tren. De hecho, hace un año hice un largo viaje hacia ningún lugar con un grupo de personas. Estaba nerviosa por el inicio del viaje, de modo que no recuerdo exactamente cómo fue la partida. Pero sí recuerdo el trayecto y el final.

Se trataba de un enorme y antiguo tren de los años 30, lujoso y cálido. El bar restaurante parecía en realidad una sala de baile, y los dormitorios también eran amplios y cómodos. Aunque el viaje comenzó al mediodía y se aventuraba divertido y emocionante (lo cierto es que no paramos de reírnos, jugar, observar el hermoso paisaje y cantar; hicimos una barbacoa en el vagón descubierto, y nos peleamos entre risas por poner la música que cada uno prefería), poco a poco la noche fue cayendo y la luz anaranjada de los compartimentos delataba el paso del tren a través de bellos parajes de árboles, ríos y lagos. Se podía sacar la cabeza por la ventana y mirar al frente, en el que se apreciaba, gracias a la pálida luz de la luna llena, la curvatura del horizonte y, a lo lejos, nuestro destino. Las diez personas que viajábamos solas en aquel tren comentábamos la extraña sensación de pérdida y cambio que nos embriagaba, y la emoción de empezar algo nuevo. Porque no había vuelta atrás.

Antes de irnos a dormir, estuvimos cenando en una enorme mesa victoriana de madera oscura en el vagón restaurante, iluminados por la suave luz de las lámparas de araña. Cogimos algunos libros del vagón biblioteca, utilizamos nuestros portátiles y jugamos a las cartas. Pero en menos de dos horas llegaríamos al final del trayecto, y había que planear cosas. Al cabo de un rato, ya nadie quería hablar; llevábamos muchas horas de viaje y una vez finalizado éste sabíamos que nuestros vínculos se irían deshaciendo poco a poco. Parecía como si esa camarada que había comenzado el viaje tan unida se hubiera empezado a separar antes de tiempo.

Algo cambió junto con nuestro estado de ánimo, o quizá fue nuestro estado de ánimo el que cambió nuestra forma de ver las cosas; el tren parecía haberse detenido, y todo lo que había a nuestro alrededor, mesas, sillas, lámparas, la tela verde de las paredes, los cubiertos y platos, había envejecido y se cubría poco a poco de una espesa capa de fino polvo. La luz también fue menguando, hasta que tuvimos que encender velas. No quedaba más comida, y el agua corriente no funcionaba. Habíamos realizado un viaje en el tiempo y nos habíamos parado en el futuro triste y silencioso de ese vagón de tren.

Algunos de nosotros nos alojábamos en una casa, de la que poco a poco iríamos saliendo uno a uno, cada uno hacia su destino. Cuando llegamos no deshicimos las maletas, pues la casa era también muy antigua y había poco tiempo. Decidimos acostarnos y despedirnos a la mañana siguiente, cuando todos saldríamos a la luz del sol, algunos para irse definitivamente, otros para despedirse de los que se iban y dar un pequeño paseo.

Dormimos apenas unas horas, y a la mañana siguiente, tras un almuerzo frugal, decidimos salir. Dos de nuestros compañeros ya se habían ido, y la sensación de pérdida y de profundo conocimiento de que jamás volveríamos a saber nada de ellos nos entristeció pero, al fin y al cabo, ese era nuestro destino. La casa se encontraba, según nos habían informado, al lado de un lago. Pero cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos que la casa ocupaba prácticamente toda una pequeña isla. Mirando a nuestro alrededor, observamos que estábamos rodeados de incontables islas y, un poco más allá, vimos el mar abierto. Algunas islas eran más pequeñas, en las que apenas cabían tres árboles, y otras eran más grandes, con un par de pequeñas casas y una o dos tiendas. Todas las islas estaban unidas por puentes, algunos modernos, otros de madera y roídos por la humedad, y los ríos eran muy estrechos; tanto, que en algunos casos se podía avanzar dando un salto.

Nos acercamos al puente que nos llevaba a la siguiente isla. De repente, alguien comentó que aquellas islas eran flotantes. No sé cómo llegó a darse cuenta de eso, pero lo cierto es que el agua era muy profunda y turbia. Decidí ir a la tienda de la isla de la derecha y preguntar, ya que había visto a un hombre rubio pasear por allí. Parecía alemán, muy alto y con los ojos azules. Empecé a cruzar el puente e hice ademán de hablarle, pero de repente empezó a gritarnos: "¡No podéis abandonar la isla! No os aceptamos de ninguna manera, ¡volved!". Acto seguido comenzó a tirarnos piedras. En las otras islas se veían también personas que, alertadas por los gritos del hombre, nos miraban y lo imitaban. Sólo pudimos meternos de nuevo en la casa y esperar a que la gente se calmara.

Pasamos varios días en aquella situación, sin apenas comida y con el ánimo crispado. Ahora éramos menos: otros dos compañeros habían desaparecido. Uno de nosotros señaló que creía haber visto tierra firme más adelante, al lado del mar, de modo que decidimos coger nuestras bolsas y abandonar corriendo aquel lugar; era evidente que estábamos sitiados y que nos sería imposible sobrevivir y seguir con nuestras vidas si nos quedábamos allí. De modo que una mañana cogimos nuestras cosas y, en fila india, comenzamos a correr atravesando puentes e islotes, esquivando las piedras y soportando los insultos de la gente. Algunos nos empezaron a perseguir, puente tras puente e isla tras isla, y cada vez los puentes eran más largos y estaban más deteriorados, por lo que debíamos caminar con cuidado para no caernos al agua. De algún modo, sabíamos que caer sería el final.

Aunque los ríos habían parecido tranquilos, como si de canales venecianos se tratase, a medida que nos acercábamos más a tierra firme se volvían más agitados y peligrosos. Y en uno de esos ríos, nos topamos con unos simples tablones de madera que flotaban sobre el agua, sin nada donde agarrarse. Uno de nosotros cayó al agua, y en menos de un segundo un bombardeo de sentimientos nos invadió: primero sorpresa, después tristeza, más tarde comprensión y finalmente, olvido. Porque en el fondo, era lo mismo abandonar nuestra vieja casa de la isla que morir: finalmente, todos nos separaríamos y jamás volveríamos a saber nada de los demás.

Así pasamos otro puente, y otro y otro. Recuerdo perfectamente la urgencia por huir, el sentimiento de terror puro y el miedo que me provocaba la gente que nos perseguía. Estábamos en peligro: sólo queríamos salir de allí. Los demás empezaron a cruzar el puente corriendo, y me seguían dos personas. Y justo al pisar el puente, perdí el equilibrio.

Qué rápido se suceden los sentimientos y sensaciones cuando sabes que es el fin, y qué lento pasa el tiempo, de modo que te das cuenta de absolutamente todo lo que sucede alrededor tuyo. Mientras caía de espaldas, observé al chico que me seguía, y la sensación de peligro y la urgencia por querer seguir viviendo cambiaron a una completa comprensión cuando nuestras miradas se cruzaron: sus ojos brillaron un sólo momento con tristeza, y luego observaron fría y objetivamente mi caída. Yo me iba, y él debía seguir corriendo. Y entonces toqué el agua.

Estaba tibia, y aunque al principio intenté salir de ella forcejeando, aunque llegué a ver a mi compañero girándose y olvidándose de mí mientras yo le gritaba que me ayudara, poco a poco me fui hundiendo, mientras a través del agua observaba la furia del puente y a mis compañeros cruzándolos, ajenos a mí, como si yo jamás hubiese existido. Y fue entonces cuando entendí que ese era el fin, y que era imposible seguir luchando; y no me sentí triste, porque sabía que de tarde o temprano yo también me marcharía. Me dejé caer hacia la oscuridad, mientras observaba los islotes flotando sobre el agua y los rayos del sol creando hermosos efectos de luz. No había algas; no había peces. Sólo agua, azul y oscura, cada vez más fría. Me encogí como un feto, cerré los ojos y dejé que una enorme paz mental me invadiera. Ya había aceptado mi situación, y comprendiendo eso, intenté respirar.

Y pude respirar, poco a poco, suavemente, con la boca cerrada y sin que entrase agua por la nariz. ¡Y qué feliz me sentía! Porque quizá ahora iba a otro lugar... Y así, en un eterno suspiro, me fui hundiendo poco a poco.

22 octubre 2006

Del hombre que se ahorcó en mi habitación

Hace casi un año, si no me falla la memoria, un hombre decidió suicidarse en mi habitación.

Era una apacible mañana de sábado. Aun estando dormida, recuerdo perfectamente esa sensación de bienestar en la cama: abrigada por las sábanas, con el cuerpo descansado y disfrutando de un sueño tranquilo.

Pero de repente unos golpes me despertaron. Eran golpes rítmicos que parecían proceder de la pared opuesta a mi cama. Al principio pensé que algún vecino debía estar haciendo ruido, pero me estaba desvelando y decidí mirar mi habitación.

Serían las diez de la mañana. Por las rendijas de la persiana se colaba la luz del sol, confiriendo un ambiente cálido y cómodo al dormitorio. Podía oír el canto de los pájaros, y el agua correr en la pequeña fuente del patio de abajo. La atmósfera llamaba a un despertar perfecto si no hubiese sido por lo que sucedería después.

Los golpes seguían sonando rítmicamente en la pared. Miré por toda la estancia, pero mis ojos aún estaban dormidos. Al principio no vi nada, de modo que me volví a estirar en la cama. Pero ya me había desvelado, y los golpes comenzaban a ponerme nerviosa. Así que opté por levantarme, pero cuando me estaba incorporando, entonces lo vi.

Me pregunto cómo entró en mi habitación. Tampoco entiendo de dónde estaba colgado. Sólo sé que momentos antes, ese cuerpo inerte no estaba ahí; parecía haber surgido de la nada. Me froté los ojos y volví a mirar: el cadáver seguía ahí, en una esquina de mi habitación, balanceándose de izquierda a derecha, golpeando con sus pies la pared. ¡Qué horror sentí cuando mi mente comprendió que los golpes los producía una persona muerta! Porque, de algún modo, tenía la extraña sensación de que, aun muerta, esa persona golpeaba la pared a propósito...

Se trataba de un hombre de unos cuarenta años de edad, de constitución delgada pero musculada. Vestía con un traje cuyo color no supe reconocer, quizá debido a un juego de luces y sombras, pero diría que era gris oscuro o marrón. Pude ver un enorme reloj, probablemente carísimo, en su muñeca izquierda, y un anillo dorado en su mano derecha. También llevaba una corbata que había desabrochado, y la camisa blanca parecía sudada y sucia. Pero no pude ver su cara: el cadáver me daba la espalda casi todo el tiempo, y cuando se giraba, su rostro quedaba en la penumbra, lo cual no hacía más que acrecentar mi sensación de terror.

¿Quién era? ¿Cómo llegó hasta mi habitación? ¿Qué desafortunada cadena de hechos le llevaron a suicidarse? Y ante todo, ¿por qué en ese lugar? Mientras mi mente daba vueltas a todas esas preguntas, creo que me desmayé. Al cabo de un rato, no sé si minutos u horas, desperté para encontrar mi habitación, de nuevo, vacía.

El ahorcado había desaparecido. Quizá, al fin y al cabo, jamás había habido un cadáver colgando del techo de mi habitación...

21 octubre 2006

Del terremoto y los fantasmas de la empresa

Hace un mes aproximadamente, hubo un terremoto.

Esa noche no podía dormir. Desconozco la razón, pero estaba intranquila; no dejaba de dar vueltas en la cama, notaba mi mandíbula rígida y ya no sabía en qué posición quedarme. Quizá uno de los motivos fuese la cantidad de luz que entraba por mi ventana, aunque tenía echada la persiana. Parece ser que los vecinos de enfrente estaban celebrando una fiesta, porque la luz parecía provenir de un enorme foco, y se oían gritos y golpes.

Cuando finalmente, y debido al cansancio, conseguí conciliar el sueño, todo empezó a moverse. Noté primero una sacudida, y luego mis piernas, mis brazos y finalmente mi cabeza empezaron a temblar. Asustada, toqué la pared, que también se movía. Los sonidos del exterior cesaron, para dejar paso a un rugido profundo. Cuando al final todo pasó, decidí irme de ese edificio. Era como si un sexto sentido me hubiese advertido de que se acercaba un terremoto, y ahora un séptimo me aconsejaba que saliera de esa casa, que podía derrumbarse en cualquier momento. Así que, sin encender la luz, me vestí y decidí irme lejos: a la empresa en la que trabajo.

A unos 45 minutos de trayecto, quedaba lo suficientemente lejos y en una zona despejada, que me daba tranquilidad. No había nadie en la calle, y mucho menos en el edificio, aunque la puerta de la entrada estaba abierta. Entré, subí las escaleras y me encontré la enorme puerta principal abierta de par en par. Enfrente, el gigantesco recibidor estaba completamente vacío; sólo las luces de emergencia iluminaban la estancia, por lo que muchos rincones quedaban en la completa oscuridad. Durante unos segundos, mientras pensaba qué hacer, observé la fría hermosura de las plantas de plástico de la mesa, que parecían brillar con luz propia.

Probablemente debido a la preocupación por el terremoto y por mi seguridad física, me había desvelado completamente. Muchos despachos se encontraban cerrados y no me apetecía ponerme a buscar las llaves, así que mientras me paseaba por el estrecho pasillo de la derecha, recordé que en la sala de reuniones había una enorme televisión de plasma. Me acerqué a la puerta, y comprobé que estaba medio abierta, de modo que entré y miré la estancia. A la derecha, la enorme televisión; en medio de la sala, una también enorme mesa rectangular con un agujero en medio. En la pared opuesta a la puerta en la que me encontraba, a la derecha de la mesa, había una puerta corredera que daba a un balcón de unos tres metros de ancho; incluso en la penumbra podía ver la mesa y sillas típicamente playeras, como si esperaran a que saliera el sol.

Encendí la televisión, dejé mi bolso granate sobre la mesa, y con el mando a distancia en la mano, me senté en la parte opuesta de la misma. Empecé a cambiar de canal aburridamente; la programación a altas horas de la madrugada es realmente horrible. Me detuve en uno de los canales autonómicos, en los que ofrecían una entrevista a un hombre muy grande, muy gordo y muy rosa; de alguna manera, su traje marrón y su cara de cerdo me recordaron al protagonista de una famosa película de animación japonesa. Me quedé viendo el programa, y poco a poco, el sueño se fue apoderando de mí, hasta quedarme dormida.

Pero poco después desperté sobresaltada y, mirando el reloj a la luz gris del canal muerto de televisión, mi mente empezó a pensar con rapidez: eran casi las seis de la mañana, hora del primer turno de trabajadores. En cualquier momento aparecería el personal de seguridad y una parte de la plantilla, y ciertamente se sorprenderían cuando les explicara que había pasado la noche allí. Volví a sentir esa urgencia por huir de donde me encontraba: me dirigiría al metro, iría a almorzar, y más tarde volvería como si hubiese llegado desde mi casa. Pero cuál fue mi sorpresa cuando me dí cuenta de algo que no había visto antes.

En el techo, un fino raíl colgaba en todos los pasillos y salas. ¿Cómo no lo había visto antes? Escuché unos pasos, y acercándome a la puerta, que había dejado abierta de par en par, miré a la izquierda, donde se encontraba la recepción, para ver una sombra que parecía un traje de seguridad. Me había despertado demasiado tarde; tendría que esconderme. Miré hacia la derecha, pero no pude ver nada: el pasillo estaba completamente a oscuras. Entonces escuché un click, y un zumbido de maquinaria poniéndose en marcha. Asustada, me giré, cogí el bolso rápidamente, y me volví a dirigir a la puerta. Pero cuando estaba a punto de salir de la estancia, vi algo que colgaba del raíl.

Un muñeco vestido de ejecutivo se mecía suavemente de un lado a otro, mientras avanzaba hacia la sala. Al llegar a la puerta, se había detenido, pero su balanceo no cesaba. Con una ligera forma de percha, su cuerpo ovalado y sin piernas y su cabeza de trapo negra y sin rostro me observaban fijamente, y su balanceo hipnótico me helaba. Me agaché y pasé de largo, notando mi corazón golpeando fuerte en el pecho, para encontrarme más muñecos vestidos de ejecutivo colgando en el raíl, con su balanceo horrible y su presencia aterradora. Iban de un lado para otro, cada uno a su despacho, y me vigilaban. Yo era una intrusa en ese lugar.

Mi mente objetiva sólo pudo susurrarme al oído: "Sólo son muñecos de trapo. No van a descolgarse del techo; sal corriendo y vuelve más tarde como si no hubiese pasado nada. Corre, ¡corre!". Así que, sin dejar de mirar a los raíles, y sabiendo que el muñeco de la sala de reuniones se había girado para seguirme, corrí hacia la salida.

Al llegar a la recepción, unos nuevos muñecos colgaban de los raíles: esta vez eran completamente blancos, y en su cara se dibujaban unos ojos y una sonrisa de color negro claramente pícaras. El zumbido de la maquinaria que supuestamente los ponía en movimiento seguía zumbando en el ambiente, y en cuanto uno de los muñecos blancos, que parecían fantasmas, me vio, todos empezaron a dirigirse hacia mí. Volví a correr, con la sola idea de salir a la calle, y cuando empecé a bajar las escaleras, uno de los fantasmas empezó a descender por un hilo, como si de una araña colgando de su hilo se tratase. Seguí bajando las eternas escaleras de caracol, con el fantasma pisándome los talones y bajando a mi ritmo, sin dejar de mirarme. No podía huir, no había escapatoria posible. Y sentí que, tan cerca de la salida pero tan lejos de la libertad, estaba a punto de desmayarme.

No recuerdo qué sucedió después de eso; sólo sé que desperté en mi cama, sin saber cómo había llegado hasta allí. Y ese día no quise ir a trabajar...