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31 mayo 2008

De la catástrofe y el nuevo orden de las cosas

Cuenta la leyenda que el día en el que el Gran Ojo y la Perla Blanca se encontraron en las profundidades del mar una gran catástrofe sacudió el mundo. De una sola persona queda el testimonio de tal acontecimiento, y a través de sus ojos podremos conocer la verdad, o parte de ella, de lo que sucedió.

Una tranquila mañana de verano las gentes despertaban del sueño nocturno para incorporarse a sus quehaceres en el pequeño pero próspero pueblecito. Ordeñar vacas, sembrar y recoger frutos, abrir comercios, trabajar en algunas de las fábricas del lugar y, en definitiva, continuar con sus vidas como siempre.

El hombre se sentía inquieto. Tras encargarse de algunos recados aprovechó para escaparse a la tranquilidad del Lago Grande, una extensa superficie de agua que en su día había pertenecido al mar. Sentándose sobre una cálida roca observó la mansa superficie de las aguas y los rayos del enorme sol anaranjado que aún se encontraba bajo en el horizonte. Empezaba a hacer calor.

Con aire decidido, el hombre se despojó de todas sus ropas y, tras dejarlas sobre la roca en la que había estado sentado, caminó con paso firme sobre la verde hierba hacia el lago. El contacto frío del agua le hizo estremecerse, pero sin pensárselo dos veces se sumergió en ella de golpe, sintiendo el amable frescor del líquido que le envolvía por completo. Abrió los ojos y, conteniendo la respiración, observó por debajo de la superficie los suaves rayos de sol que se adentraban en el agua, dotándola de una extraña aunque agradable tonalidad verde azulada, como si un montón de cristales opacos quisieran ocultar los tesoros del fondo del lago.

El hombre asomó la cabeza sobre la superficie para coger aire y dio unas cuantas brazadas alejándose de la orilla. En teoría estaba prohibido bañarse en el lago, ya que regularmente se producían potentes torbellinos que más de una vez habían provocado una tragedia, pero al hombre parecía no importarle aquel peligro; más bien todo lo contrario, solía acariciar la idea de encontrarse de repente en medio de una catástrofe natural que podía cambiar su vida y hacerle protagonista de una gran aventura. En su mente jamás cupo la idea de morir; siempre había tenido, para su desgracia, demasiada buena suerte.

Quién iba a imaginar que sería precisamente él el único ser humano que iba a ser privilegiado espectador de los estremecedores eventos que estaban a punto de producirse. Al principio pudo observar, en una de sus zambullidas en el agua, un objeto brillante a lo lejos. Después vio algo similar a una enorme esfera roja y su curiosidad fue en aumento. Pensó que quizá estaba a punto de descubrir aquello que provocaba los torbellinos del Lago Grande; de ser así se convertiría en toda una personalidad y al fin podría escapar de la terrible monotonía en la que se había convertido su vida.

De modo que llenó sus pulmones de aire y volvió a zambullirse en el agua, nadando hacia los objetos que le habían llamado la atención. Le sorprendió notar que a medida que descendía, la temperatura del agua, lejos de enfriarse, se tornaba cada vez más cálida y agitada.

De repente aquellos objetos que habían llamado su atención se convirtieron en dos enormes esferas que surgieron ante sus ojos. La primera parecía una gigantesca perla deforme que rotaba sobre su propio eje. La segunda, en cambio, era perfectamente redonda y se dibujaba un iris marrón que seguía cada movimiento de la perla. El hombre, estupefacto, se mantuvo quieto observando tan impresionante escena, cuando de repente la perla blanca lanzó un destello plateado en dirección al ojo rojo, que inmediatamente después emitió un haz de luz roja hacia la perla. El agua comenzó a hervir y un estruendo resonó en los tímpanos del hombre, que percibió que el fondo marino se abría en dos y que toneladas de pesada roca se desprendían a lo lejos, cerca de las orillas del lago. Entonces el hombre, luchando por salir a la superficie, perdió el conocimiento.

*** *** ***

Las blancas luces del pasillo rebotaban sobre la superficie sucia y gris de unas paredes enmohecidas y desgastadas por el paso del tiempo. En su litera de sábanas blancas, el hombre despertó desconcertado y con la vista borrosa. Primero se miró las manos, luego se palpó la cara para encontrarse con una poblada barba, y acto seguido, incorporándose lentamente, observó su alrededor.

Una bolsa de suero pendía a su izquierda, cerca de la cabecera de la cama. Lo habían vestido con un pijama gris y áspero y habían colocado barrotes metálicos alrededor de la litera para evitar que cayese. El techo era bajo y también gris, y apenas había sitio para más que una mesilla de noche y un pequeño armario en una de las paredes.

Por la amplia abertura del dormitorio, que no tenía puerta alguna, apareció un gigantesco hombre de color con un uniforme azul oscuro y botas militares.

– Al fin despierto –le dijo con una voz grave y no muy amigable.

– ¿Dónde estoy? –balbuceó el hombre, todavía aturdido.

– Donde está todo el mundo… Un refugio. Vístete y preséntate en el pasillo en tres minutos.

Dicho esto, el soldado, si es que era ese su rango, dio un manotazo en la pared y desapareció por donde había venido.

El hombre bajó por la escalera metálica a los pies de su litera y encontró sobre un taburete unos tejanos azules y una camiseta de manga larga también azul, así como unos calcetines negros, unos calzoncillos blancos y unas botas militares. Se vistió lo más rápido que pudo y salió al pasillo.

Una mujer bajita y con aspecto nervioso se aproximó a él y, con una sonrisa, le dijo:

– Hola, yo soy la doctora que ha estado cuidando de ti. No sé qué te pasó, pero parece un milagro que hayas sobrevivido. – Y le tendió la mano amistosamente.

El hombre la saludó tímidamente y se sorprendió ante la firmeza de la mano de la mujer, que se le había antojado débil. Ella le hizo un ademán para que la siguiera y empezaron a recorrer el pasillo en silencio.

Mientras la mente del hombre se iba despejando poco a poco, éste aprovechó para mirar a su alrededor: más celdas como la suya, con la mayoría de literas y camas vacías. La doctora pareció darse cuenta de ello y le dijo sin mirarle y sin dejar de caminar:

– Es la hora de la comida, por lo que todo el mundo está en el comedor. Desgraciadamente no tenemos gran cosa, pero me temo que a ti te parecerá todo un banquete.

Al final del pasillo una puerta doble de color verde y con dos vidrios redondos se abrió de golpe y aparecieron algunas personas vestidas de manera similar a la del hombre, así como un par de soldados. La doctora mantuvo la puerta abierta y le permitió el paso.

– Siéntate a la mesa y espera a que te traigan la comida –le indicó–, no tardarán mucho. Cuando acabes te pondremos al día. –Y dicho esto se giró y volvió al pasillo sin mirar atrás.

El hombre, de quien desconocemos el nombre pero a quien llamaremos H a partir de ahora (quizá de Hugo, o de Herbert, o de Humphrey, o de Hernán, o de Héctor, o simplemente de Hombre), vio que el comedor tenía la misma anchura que el estrecho pasillo por el que habían venido. Una larga hilera de mesas ocupaba toda la sala, y en el extremo opuesto, a lo lejos, se veía una única ventana que daba a la cocina, de donde surgían sonidos de platos y cubiertos, agua hirviendo y voces de mujeres y hombres que daban órdenes severamente.

H se sentó en medio de una de las mesas cercanas, y aunque apenas había sitios libres, todos los hombres allí presentes hablaban tan bajo que sólo se apreciaba un tenue murmullo. Ante H aguardaba un enorme plato de sopa, y a su izquierda lo que parecía ser cordero al horno adobado con guisantes y patatas. En medio de cada mesa había una enorme fuente a rebosar de frutas.

El hombre de su izquierda se giró y le preguntó:

– Eres nuevo por aquí, ¿eh?

H no dijo nada, pero asintió levemente con la cabeza. Su interlocutor siguió hablándole con una amplia sonrisa bajo su espeso bigote oscuro:

– No te preocupes, esto no está tan mal como parece. Tenemos comida y alojamiento gratis todos los días del año, algunos días libres y todo por hacer algunos trabajos de vez en cuando. Al principio quizá cuesta acostumbrarse –dijo mientras señalaba con un dedo hacia ninguna parte–, pero ¿a quién no le cuesta cambiar radicalmente de vida, teniendo en cuenta lo que ha pasado? –añadió entre carcajadas. El resto de comensales también rieron.

– No estoy muy seguro de lo que ha pasado –dijo H en voz baja y sin dejar de mirar su plato.

– ¡Ah! –le respondió su compañero con sorpresa–. Entonces todavía no te han explicado nada. Será mejor que dejemos esta conversación aquí, entonces. –Y volvió a su plato, y de nuevo reinó el silencio en la sala.

H pudo saborear los magníficos manjares que le habían servido, y se preguntó para sus adentros en qué debía estar pensando la doctora cuando le había dicho que aquello “no era gran cosa”. Se sentía cada vez más satisfecho y lleno de energía, y miró la fuente de frutas para elegir su postre. ¿Uva, quizá? No, mejor una sabrosa naranja, o una pera dulce. ¡Cerezas! Le encantaban las cerezas, sobretodo las oscuras. Y cogiendo un puñado de ellas, una imagen se presentó en su mente: un enorme ojo rojo que lanzaba rallos…

Antes de que H pudiera reaccionar ante tan extraña visión, el soldado que antes le había hablado le dio unos golpecitos en la espalda.

– Eh, chaval, vuelve de donde quiera que estés –le dijo con brusquedad–. Vamos a cerrar el comedor y está prohibido entrar hasta la próxima comida. Acompáñame.

H se levantó, dejando disimuladamente sobre la mesa el hueso de la última cereza que se estaba comiendo y sintiéndose completamente lleno, aunque nervioso ante lo que parecía estaban a punto de explicarle. El soldado, sin dirigirle la mirada ni una sola vez, comenzó a caminar por el pasillo pasando de largo el dormitorio de H y habándole mecánicamente:

– Esto funciona así: tú trabajas en las labores que se te asignen y, por cada tarea correctamente realizada, serás recompensado. La recompensa… –y aquí hizo una breve pausa–, la recompensa no es dinero, como había sido antes. Tu única recompensa será poder seguir disfrutando de una comida al día, de días de libranza y de un sitio en el que dormir. Si tus esfuerzos son considerables serás trasladado a una residencia con mayores comodidades de las que tenemos aquí. Pero –y remarcó claramente la palabra con un giro de cabeza– si no cumples con tus deberes serás degradado y trasladado a otro lugar del que algunos no hablan muy bien.

Giraron por el pasillo hacia la derecha y en el fondo H vio una pared metálica. Poco antes de llegar a ella, el soldado se detuvo y le miró por primera vez a los ojos.

– Mira, muchacho –le dijo con un suspiro relajado–, las cosas son así y me temo que no van a cambiar en un tiempo. A nadie le gusta esto, pero el nuevo orden de las cosas puede ser muy provechoso en el futuro. De modo que, si me permites un consejo, y no te hablo como soldado, y no creo que tenga más oportunidades como esta para decírtelo, amóldate al máximo, no hagas preguntas e intenta mejorar. El resto llegará solo. –Y recuperando la postura erguida de soldado, abrió la puerta y salió al exterior seguido por H. –Vamos, métete en esa furgoneta. Te vamos a llevar al lugar donde vas a empezar a trabajar. Tu turno será de noche.

El vehículo estaba blindado y los cristales eran opacos, por lo que no se podía distinguir el interior. Alguien abrió la puerta lateral desde dentro y el soldado le indicó que entrara. Al sentarse en el oscuro interior de la furgoneta, H pudo ver que había otros dos soldados y seis hombres que, por sus miradas fugaces, no parecían demasiado felices.

Uno de los soldados, un chico joven de raza blanca y lleno de pecas, le habló:

– Hemos podido averiguar que vivías en una casa en la que se realizaba la confección de ropas para las gentes de tu pueblo. –Su voz sonaba ligeramente nerviosa; se trataba claramente de un novato–. Por este motivo has sido destinado a… –y miró la libreta que tenía entre las manos–, ¡vaya! Eres un hombre afortunado, H. Has sido destinado a un popular taller de confección de trajes para la alta sociedad. Ahora nos dirigimos allí, donde la dueña te dará las instrucciones que necesites. Por la mañana volveremos a buscarte y te traeremos de vuelta. –El chico miró a H intentando parecer resuelto y decidido, pero sus ojos parecían estar preguntándole si servía para ser soldado. Cerró la libreta con brusquedad y añadió:– Te deseo mucha suerte.

*** *** ***

Era noche cerrada cuando H fue conducido por las modernas calles de una ciudad vieja, como pudo observar al descender del furgón para inmediatamente después ser introducido en una de las casas. El soldado novato, sin articular palabra, le guió por unas escaleras descendentes hasta un sótano, en el que aguardaba una mujer gorda y entrada en años, vestida con una camisa brillante de color verde y unos amplios pantalones negros. Iba muy maquillada y con demasiadas joyas de oro, pero sus pies calzaban únicamente unas sandalias viejas y sucias. Antes de que H se diera cuenta, el soldado había desaparecido y la mujer lo saludaba con una sonrisa.

– Hola, soy la dueña de este taller –le dijo. H miró a su alrededor con más atención, observando las enormes mesas llenas de tejidos y retales, así como las máquinas de coser y las cajas a rebosar de hilos de distintos colores. La estancia, aunque amplia y de techo alto, estaba completamente desordenada. La mujer siguió hablando:– Tenemos bastante trabajo acumulado, de modo que tu primera tarea va a ser coser todos los dobladillos de ese montón de ropa que tienes ahí –dijo señalando hacia la izquierda de donde se encontraba H.– Como puedes ver, puedes probar cómo quedan las prendas en ese probador que tienes a tus espaldas. –H se giró y vio un pequeño cubículo con una persiana a modo de puerta, que no confería demasiada intimidad.– Mi hija bajará dentro de poco para enseñarte cómo debes hacerlo. En teoría tienes que tener listas veinte prendas como mínimo para esta noche, pero como eres nuevo y al parecer has despertado hoy mismo, te doy una noche más para que cumplas con la labor. Hay una máquina de agua en el fondo de la estancia, pero deberás esperar a volver al refugio para comer y hacer tus necesidades. Ah, por cierto –añadió como si hubiera estado a punto de olvidarse de algo importante–, deberás afeitarte. Tienes una cuchilla dentro del probador. –Y dicho esto, la mujer le sonrió con una extraña expresión de compasión y desapareció por una puerta cerrada con llave.

H rebuscó entre el montón de ropa que le había indicado la mujer. Todas las prendas eran camisas de color azul oscuro, similares a las de los soldados pero de una tela más agradable a la vista y al tacto. Las costuras estaban hilvanadas, y aunque H nunca había cosido a máquina, en multitud de ocasiones había visto a su madre hacerlo, de modo que el trabajo se le antojó fácil. “Toda una noche es mucho tiempo para coser veinte camisas”, pensó con tranquilidad, y comenzó a afeitarse en el probador, cuidando que el vello cayera sobre una especie de pica colocada ante el espejo, percatándose de que hasta ese preciso instante no se había detenido aún a pensar en su madre ni en toda la gente que le conocía; pero de algún extraño modo no se sintió intranquilo. No añoraba a nadie, quizá porque todo estaba sucediendo tan rápido que no había tiempo para llorar a aquellos de los que se desconocía su paradero. Y en vistas de lo que estaba sucediendo, supuso sin tristeza, más bien con indiferencia, que de estar vivas, todas aquellas personas que habían conocido a H tampoco habrían tenido tiempo para preocuparse por él.

Justo cuando estaba acabando de afeitarse la puerta por la que se había marchado la dueña se abrió y entró una joven, y H supuso que se trataba de la hija de la mujer. Pero sólo lo supuso, puesto que la muchacha no se parecía en nada a su madre: era bella y esbelta, y su pelo largo y rubio destacaba sus ojos azules y sus carnosos labios rojos. Llevaba un vestido blanco y vaporoso y no llevaba nada de maquillaje; tan sólo un reloj sencillo en una de sus muñecas y una fina cadena de oro con un colgante alrededor del cuello. H sintió una oleada de deseo que intentó controlar; hacía demasiado tiempo que no sentía nada parecido.

– Hola –saludó a la muchacha, que parecía algo tímida.

– Hola –le respondió ella, para añadir rápidamente, como si quisiera salir corriendo:– Vengo a explicarte cómo funciona todo esto. –Y sentándose frente a una de las máquinas de coser, cogió una camisa y empezó a explicarle:– ¿Ves este hilo blanco? Debes seguir su trazado con la máquina, intentando que no se hagan nudos.

Pero H le cortó rápidamente:

– Sí, sé cómo se hace, una vez lista la costura se tiene que deshilvanar, ¿cierto? –y sonrió a la muchacha en un intento de que se relajara, lo cual pareció surgir algo de efecto.

– Vaya, veo que conoces algo del tema –le respondió ella con una leve sonrisa.

– Sí –continuó él, buscando alargar la conversación al máximo. Desconocía qué tenía aquella muchacha que tanto le estaba gustando, pero sólo quiso seguir hablando con ella, conocerla más. De modo que siguió:– ¿Hace mucho que ayudas a tu madre?

– Sí… desde bien pequeña –le respondió ella–. Pero ahora las cosas han cambiado tanto…

– No tienes que hablar de ello si no quieres, De todos modos, no estoy muy seguro de lo que ha pasado.

Ella lo miró con interés y curiosidad.

– ¿No sabes nada? –le preguntó.

– No –le respondió él–. Lo único que sé es que vivía en un pueblo tranquilo, que una mañana me puse a nadar en el Lago Grande… y de repente me desperté en el refugio, hace tan sólo unas horas. Ni siquiera sé dónde estoy ni cuánto tiempo he pasado durmiendo.

– Vaya… –susurró la chica. Parecía que la historia de H le producía mucho interés. “¿A cuántos hombres enfurecidos y deprimidos habrá conocido esta pobre mujer?”, se preguntó H, pero no osó pronunciarse en voz alta.

Aún así, la chica le miró a los ojos como si buscara las respuestas a las dudas de H en lo más profundo de sus ojos. H volvió a sentir una punzada de deseo, pero intentó controlar su impulso de besarla. Era su primera noche allí, no podía permitirse empezar así.

Pero para su sorpresa la muchacha se levantó de la silla y se dirigió al probador.

– Ven –le dijo con un susurro.

Él la siguió, y a la brillante luz del cuarto se besaron y acariciaron todo el cuerpo, primero con sorpresa, más tarde sin vergüenza. La muchacha mezclaba sensualidad y ternura con pasión y deseo, una mezcla explosiva que hacía que H se perdiera entre gemidos, susurros y respiraciones entrecortadas. Ella parecía desearle tanto como él a ella, y apretaba su esbelto cuerpo contra el de H, presionando su zona púbica en la verga que cada vez se endurecía más bajo sus pantalones. Él quiso poseerla, y ella parecía estar deseándolo, por lo que la desnudó rápidamente y buscó entre caricias y mordiscos su maravilloso centro, a lo que ella respondió con un gemido de placer que a todas luces pedía más. Y así, de pie ante el espejo del probador, hicieron el amor de manera suave pero salvaje al mismo tiempo, como dos amantes largo tiempo sin verse. H no había conocido a ninguna mujer igual que aquella joven muchacha, y por primera vez en su vida pudo gozar de un intenso orgasmo, quizá el más intenso de su vida, mientras ella se retorcía de placer entre sus brazos. H jamás olvidaría aquella noche, pero tampoco volvería a ver a la muchacha.

Al cabo de un tiempo, cuando parecía que al fin ambos habían saciado su deseo, ella lo miró a los ojos y con una sonrisa le dijo:

– Me alegra haberte conocido. Vas a tener muchísima suerte. Pero ahora debo irme, estoy convencida de que mi madre se estará preguntando por qué tardo tanto en subir. Ya sabes… –añadió sonriendo con complicidad–, no suelo estar tanto rato aquí abajo. –Y le guiñó un ojo.

– Claro –le respondió él. Le entristecía enormemente separarse de aquella diosa del placer, de aquella desconocida que en tan sólo unas horas se había convertido en su mejor amiga. Le acarició la cara y le besó con suavidad los labios, y agregó:– Gracias.

– No me las des –le dijo ella–. ­Eres extraordinario, tienes algo especial en ti. Eres… especial.

Y le devolvió el beso, un último beso largo y cálido, lleno de ternura y pasión y cariño y entendimiento, y tras vestirse rápidamente desapareció por la puerta.

H aún estaba aturdido y se sentía cansado cuando miró el montón de ropa que en teoría debería estar ya cosida. Apenas le dio tiempo a acabar una camisa, y cuando estaba dando los últimos retoques apareció por la puerta el soldado novato.

– Volvemos al refugio –le indicó éste.

H miró por última vez el montón de ropa con una serenidad pasmosa: la próxima noche no sólo haría las diecinueve camisas restantes, sino que le pediría a la dueña que le diera más trabajo. Él sabía que podía hacerlo, y se sintió tranquilo.

*** *** ***

Y así fue construyéndose el nuevo orden de las cosas en una sociedad en la que H fue aumentando de estatus gracias a su efectividad en las labores que le eran asignadas, lo cual le permitió ir enterándose paulatinamente de lo que había sucedido. Tuvo esa oportunidad cuando le encargaron del reparto del correo postal por la ciudad, una vez ya había sido trasladado a una nueva residencia. Realizar el reparto en las horas indicadas le permitía hablar con todo tipo de personas, cada una de las cuales le aportaba nuevos datos acerca de la Gran Catástrofe y de las decisiones que se habían tomado a raíz de ella.

Al parecer la antigua teoría de la Pangea, es decir, el lento movimiento de las placas tectónicas de la corteza terrestre que habían ido segmentando un único y gigantesco bloque de tierra formando los distintos continentes, había “involucionado”. Los continentes se habían vuelto a unir en uno solo, surcado por incontables ríos y lagos que conferían a este nuevo terreno el aspecto de un enorme archipiélago de pequeñas islas. Tal unión eliminó fronteras y rehizo países y estados, y un nuevo mundo tuvo que ser redescubierto, y mientras científicos y estudiosos de todo el mundo se afanaban por reconstruir mapas y buscar indicios de tan repentino cambio, un gobierno militar se había instaurado en todo el planeta, que ahora se antojaba más pequeño. Política, economía y educación habían cambiado radicalmente, y el reparto de bienes entre los civiles, claramente diferenciados en estratos sociales impuestos por los militares, se basaba en la capacidad de cada uno para trabajar para la sociedad.

Para sorpresa de H, ninguna de las personas con las que entablaba conversación parecía estar disgustada con el nuevo orden de las cosas. Todos se habían amoldado rápidamente a él, quizá al ser la primera generación del Nuevo Orden, y recordaban las injusticias del Antiguo Orden. De hecho, en una ocasión una mujer le dijo:

– Es nuestra gran oportunidad para intentar mejorar el mundo y aprender de los errores del pasado, ¿no crees? Antes el mundo estaba tan dividido que habría sido imposible cualquier cambio… En realidad parece que era necesario que sucediera la Gran Catástrofe… Al menos ahora podemos intentar ser mejores. –Y habiendo dicho esto, le sonrió. Parecía que todo el mundo sonreía.

En otra ocasión, una madrugada cuando H volvía de su trabajo en la furgoneta del refugio (ese tipo de transporte era muy común en la nueva sociedad) se encontró con un hombre entrado en años que luchaba por acabar el reparto del correo a su debido tiempo. H pidió al conductor que detuviese el vehículo, y tras apearse se dirigió al amplio vestíbulo acristalado en el que se encontraba el abuelo.

– ¿Puedo ayudarle en algo? –le preguntó H.

El hombre se giró nervioso y empezó a llorar, afirmando que le quedaban aún tres entregas por realizar y que su turno finalizaba en diez minutos; le parecía imposible llevar a cabo su tarea, puesto que la máquina de recogida del correo del edificio se había estropeado y no parecía reconocer la identificación del trabajador.

Tras varios intentos, H consiguió que la máquina funcionara y el hombre mayor pudo realizar la entrega. Acto seguido H se ofreció a finalizar el recorrido en la furgoneta, de modo que el pobre hombre no tuviese que caminar distancias que en dos minutos podían ser salvadas con un vehículo. El abuelo, que parecía terriblemente asustado, le agradeció infinitamente su ayuda.

– Hace poco que me han trasladado aquí –le explicó a H en la furgoneta–. Soy ya mayor y mi salud no es buena, y aunque los médicos me ayudan en todo lo posible siempre hay contratiempos que dificultan que pueda realizar mis tareas a su debido tiempo. Tengo miedo de quedarme estancado hasta mi muerte…

H le tendió una barrita energética, algo muy común esos días entre los trabajadores. Se utilizaba únicamente en casos de extremo cansancio o enfermedad, pero el hombre la necesitaba a todas luces. Cuando éste acabó de comerla le cambió el color de la cara.

– De nuevo, muchísimas gracias. Suerte que hay gente como tú.

A H le agradaba poder ayudar a aquellas personas a las que más les costaba amoldarse. Se sentía feliz viendo que sus actos tenían algún significado para el resto, y aunque su vida al fin se había estabilizado y había logrado multitud de beneficios, un oscuro rincón de su ser había quedado vacío, o quizá ya estaba vacío mucho antes de la Gran Catástrofe. Con el paso del tiempo llegó a recordar aquella mañana en el Lago Grande, cuando había presenciado la lucha entre la Perla Blanca y el Gran Ojo, pero nunca le habló de ello a nadie; simplemente dejó por escrito aquello que recordaba, narrado en forma de leyenda, por lo que ahora es considerado un cuento para niños.

Si la Gran Catástrofe fue provocada por la avaricia de los gobernantes del planeta, o si se trató simplemente de un acto de la Naturaleza, es una cuestión que aún se debate en nuestros días. Y si la Perla Blanca y el Gran Ojo existieron realmente, y no se trató de ninguna alucinación de H, es algo que tardaremos mucho en saber, puesto que el secretismo entre las altas esferas es imperante.

Pero, como ya ha sucedido antes durante la Historia de la Humanidad, sólo podemos esperar a que las generaciones futuras acaben entendiendo por qué sucedió una catástrofe de tal magnitud, y desear que ello les ayude a aprender de los errores del pasado y a seguir construyendo un mundo mejor.

29 marzo 2008

De las dos bodas en un día

La buena noticia llegó a casa durante una fría y gris tarde de domingo de invierno, justo después de comer. Lo celebramos con algunas copas y un montón de pastel, todos sonrientes y felices. Era un puro formalismo, aseguraban mis tíos, pero demostrar ante la ley que se amaba a otra persona conllevaba una obligada retahíla de beneficios para ambas partes y su descendencia (que en ese momento tenía casi quince años), por lo que habían decidido no posponer el evento por más tiempo.

Se decidió fecha y lugar: una tarde de sábado en alguna iglesia de la pequeña ciudad donde viven, cerca de Barcelona. Habían escondido el secreto durante el tiempo suficiente como para sorprendernos no sólo con la boda, sino con que todos los preparativos estaban listos: trajes, arras, restaurante y toda la parafernalia para declarar el amor de manera oficial, si es que quedaba algo de él. Más bien estaban declarando que no rechazaban los beneficios...

Yo no podía creerlo: sólo había estado en dos bodas, por obligación y siendo demasiado pequeña como para disfrutarlas de verdad, y de golpe tenía dos bodas a las que acudir en el mismo año. La primera, de mis tíos, era una simple formalidad, pero la otra era una declaración de amor en toda regla. Al fin, tras muchos quebraderos de cabeza, demasiadas lágrimas y mucha ilusión, mi mejor amiga se casaba. En varias ocasiones (demasiadas, suele decir ella entre risas) le habían pedido matrimonio (de distintos hombres), y ella siempre se había negado, por lo que si al fin había dado el “Sí”, era definitivo. Y mi alegría por ella no podía medirse de ninguna manera.

Pero, como ya se sabe, las amistades son libres como pájaros y vuelan en el momento menos pensado. La relación con mi amiga se fue enfriando hasta que perdimos el contacto casi por completo: yo salía de una depresión y ella estaba demasiado liada con todos los preparativos de la boda, por lo que apenas había tiempo para vernos y los cálidos abrazos dieron paso a fríos mensajes al móvil. Aun así mi alegría por ella no menguaba, ni lo hacía su ilusión. Si ella era feliz, yo era feliz. Iba a tenerme a su lado cuando lo necesitara, igual que yo a ella. Y mientras tanto las dos hacíamos nuestra vida mientras preparábamos las bodas.

El día tan esperado llegó, y en mi familia nos vestimos con las mejores galas. Todos estábamos guapísimos, y me sentí nerviosa y a la vez ilusionada por todo aquello. La parte más narcisista de mí misma, que había estado dormida durante demasiado tiempo y que aún tenía legañas en los ojos, se moría de ganas de ver cómo iba a quedar en las fotografías. Mi tío, ya vestido con el traje y bien guapo, nos fue a buscar con el coche a casa y nos acercó hasta Cerdanyola, donde se celebraría la ceremonia. No pudo llevarnos hasta la iglesia, según nos dijo, porque tenía que realizar algunas gestiones para que todo saliera perfecto, de modo que nos apeamos en medio de una carretera bastante descuidada cerca de la zona industrial. No había nadie por la calle y el cielo, aunque sin nubes, estaba más oscuro de lo normal. “¿Hoy hay eclipse de sol o algo así?”, pregunté en voz alta. “No, que yo sepa”, respondió mi padre.

Íbamos los tres hablando por el camino cuando comencé a inquietarme. Había algo que se me escapaba, pero no sabía qué era. Tuve esa sensación típica de dejarte algo tan importante como las llaves de casa o la tarjeta de embarque en la habitación del hotel cuando la abandonas; me había olvidado durante mucho tiempo de algo, pero no conseguía recordar de qué. Les pregunté a mis padres si no nos estábamos dejando nada, pero no era ese el problema. No tenía nada que ver con mis padres. ¿Qué era?

Finalmente decidí dejar de darle vueltas. Eso es como buscar las llaves de casa cuando no recordamos dónde las hemos dejado: suelen estar en el último lugar, el menos pensado, o bien no aparecen por ningún sitio hasta que aceptamos que las hemos perdido y de golpe, ¡plas!, justo antes de llamar al cerrajero aparecen misteriosamente encima de la cama, y a nosotros se nos queda esa cara de: “¿Pero no había mirado allí antes?”, y las llaves nos responden riéndose: “Sí, tres o cuatro veces, y en una ocasión casi nos aplastas con tu culo”. De modo que me concentré otra vez en la boda a la que nos dirigíamos, cuando se me ocurrió preguntar: “¿A qué hora empieza?”.

La ceremonia se iniciaría a la una del mediodía, y luego habría banquete y baile hasta las seis de la tarde aproximadamente. Eso me hizo pensar en el menú del banquete, y como suele sucederme en demasiadas ocasiones, comencé a enlazar ideas, saltando de una a otra veloz como un relámpago, hasta plantarme en la última de todas: ¡me había olvidado por completo de la boda de mi amiga!

“¡Mierda!”, grité en voz alta. Le pedí a mi madre que me diera el móvil (yo no llevaba bolso ese día), y rápidamente busqué el teléfono de mi amiga y pulsé la tecla de llamada. Beeeep, un tono, beeeep, dos tonos, por favor que lo coja, beeeep tres tonos, por favor por favor cógelo, beeeep cuatro tonos, ¡clic!. “¿Sí?”, me dijo una voz somnolienta desde el otro lado de la línea.

“¡Hola!”, grité feliz, “¡ya pensaba que no me cogías el teléfono!”, y antes de que ella pudiera responder continué: “Tía, me había olvidado por completo, y me sabe realmente mal y ya sabes, me considero una persona muy mala, pero hoy es tu boda, ¿no?”. Y mi cara se arrugó en una mueca de niño pequeño esperando recibir una bofetada de su padre tras haber hecho alguna fechoría. Pero sólo escuché una risa estridente: “¡Tía, que no pasa nada!”, y siguió riéndose. “Ya, pero”, seguí, “hace meses que no hablamos, y entre una cosa y otra...”. “No pasa nada, tranquila”, me respondió ella mientras intentaba calmar la risa, “en serio, no te preocupes. Contamos contigo, vendrás, ¿no?”. “¿A qué hora es la boda?”, pregunté nerviosa. “A las ocho de la tarde, ¿cómo puedes olvidarte?”, me dijo mi amiga entre risas. “Es que resulta que ahora mismo me dirijo a la boda de mis tíos, ¿te lo puedes creer?”, le expliqué. “¡No jodas!”, y estalló de nuevo en carcajadas. Yo conseguí reírme también y le dije: “Sí, pero tranquila, es a la una y acabaremos sobre las seis de la tarde, de modo que me da tiempo de ir para allá. ¿Me recuerdas dónde era? Le preguntaré a mi tío si puede acercarme, o si no ya pillo un taxi”. Ella me respondió: “Ah, perfecto. ¿Tampoco te acuerdas del lugar? ¡Eres un desastre!”, y volviendo a reírse, me indicó: “Es en la Biblioteca de Sant Antoni. ¿Sabrás llegar?”. “Sí, sí”, le respondí yo, y tras una pequeña pausa le pregunté tímidamente: “Una cosa... ¿Aún puedo hacer algo en la boda?”, y de nuevo mi cara se convirtió en la de un niño pequeño. “¡Claro, boba!”, me dijo ella, y añadió: “Como aún faltan unas horas, no te preocupes, lo decidimos y te decimos algo”.

Y así nos despedimos, ella enviándome besos y abrazos y tranquilidad y yo sin parar de pedirle disculpas. Le expliqué a mis padres lo sucedido, y ellos se rieron y me dijeron que no me preocupara, que me ayudarían a llegar a la otra boda sin contratiempos. Y me ilusioné con la idea de participar en el día más importante de una de las personas más importantes de mi vida, pero teniendo en cuenta que llevaba lo puesto y que le había prometido a mi amiga más de un año antes que el objeto prestado que ella llevaría ese día sería mi discreto anillo de plata con cara de gato, y lógicamente no iba a ser así, puesto que no lo llevaba encima, no estaba dispuesta a presentarme en el lugar con las manos vacías.

De modo que mis tíos se casaron, comimos y bebimos, y sobre las cinco de la tarde me disculpé ante mi familia y el resto de invitados, explicándoles la anécdota (no hay nada mejor que reírse de uno mismo para hacer reír a la gente) de que se me había olvidado la boda de mi mejor amiga y que debía ir a comprarle un anillo antes de personarme en la fiesta.

Encontré una pequeña joyería en una de las calles cercanas al restaurante donde se celebraba el banquete de mis tíos. Anochecía con rapidez y la mayoría de comercios ya habían bajado sus persianas, por lo que la blanca y tintineante luz del fluorescente de la tienda le confería un aire bastante tétrico. Entré decidida, explicando mi situación. “Tiene que ser algo prestado”, les dije. La dependienta me respondió amablemente: “Por supuesto, por lo que será mejor que a ti también te guste. Pero lamentamos decirte que no disponemos de ningún anillo en forma de gato o similar”. “No importa”, contesté yo, y le pedí que me enseñara los anillos de plata que tuviese.

En cuanto abrió el cajón vi claramente cuál iba a quedarme: un aro redondeado con una fina hada cuyas alas descendían puntiagudas por el dorso de la mano al colocarlo. La plata era vieja y saltaba a la vista que se trataba de un modelo que no se había vendido demasiado bien. En ese momento entró otra muchacha, muy nerviosa, diciendo a trompicones: “Por favor, me voy a casar pero no tengo los anillos, ¡necesito ayuda!”. Ante tal urgencia, y como yo ya me había decidido, le pedí a la dependienta que por favor ayudara a aquella pobre chica. Yo también fui mirando curiosa todas las arras (de oro blanco, tal y como lo había solicitado) que le mostraban, e incluso llegué a darle mi opinión a la joven, con la que congenié rápidamente. Me explicó cómo había ido todo, que se casaba esa semana y que estaba todo preparado menos las alianzas, y que había estado tan atareada con los preparativos que se había olvidado de lo más importante. Estaba realmente nerviosa ante tan importante evento; tan nerviosa que incluso me hizo dudar de mi decisión: ¿no sería mejor que le prestara a mi amiga un precioso anillo de oro blanco con un diamante incrustado? La muchacha empezó a contagiarme su ansiedad, hasta tal punto que, cuando finalmente se decidió, le dije: “¡Dios mío! Tengo la sensación de que yo también voy a casarme, ¡y me aterroriza la idea!”. La joven me miró paralizada y me respondió bajando la voz: “La verdad es que no estoy muy convencida de lo que voy a hacer... pero debo intentarlo al menos”. En ese momento pensé que ya la había fastidiado, puesto que le vi lágrimas en los ojos, y me había contagiado de tal manera su preocupación y nerviosismo que de mis labios brotaron las siguientes palabras: “No te preocupes, te entiendo... De modo que si no estás segura, no lo hagas, pero si realmente le quieres y no quieres que se te escape, ve a por ello. Luego ya lo arreglarás.”.

Ella alzó la mirada y me sonrió, dándome las gracias y llorando. Lo cierto es que no entiendo muy bien por qué le dije lo que le dije, pero si eso le ayudó en algo me doy por satisfecha, aunque espero que no le traiga malos momentos en el futuro. Cuando abandonó la tienda yo me sentí más tranquila, como si una nube gris de tormenta se hubiera desplazado para dejar brillar el sol, pero el ambiente estaba fresco aún con su lluvia, de modo que compré el primer anillo que había elegido, el del perfil de hada con las alas puntiagudas, y poniéndomelo en un dedo me despedí de la dependienta con un “¡Dios mío, me parece que me caso!”, y ella me respondió: “¡Que tenga buena suerte!”. “Buena suerte...”, pensé yo; no me parecía precisamente tener buena suerte el casarme cuando, aun enamorada, no estaba preparada para ningún tipo de compromiso, ni siquiera algo tan sencillo como tener novio... ¡Mucho menos podría atarme de por vida con alguien! (Y aún así, debo reconocer que una parte de mí estaba ilusionada... y la otra aterrorizada).

Y mirando el anillo e intentando recordarme a mí misma que no era yo la que se casaba, fui en busca de mis padres, que me ayudarían a llegar a la Biblioteca de Sant Antoni, y de golpe pensé: “¿Para quién será el ramo?”.

24 marzo 2008

De la cámara de fotos

Hace años, cuando aún existían el EGB y el BUP, cuando no había palizas en el patio del colegio ni móviles con las que grabarlas, cuando la única conexión a Internet existente era un lujo de los colegios y universidades, y cuando no sabías nunca cómo había quedado una foto hasta que la revelabas, se programó un concurso de fotografía en mi curso (primero de BUP, catorce tiernos añitos). Se trataba de una excursión al zoológico, donde quien participara debería conseguir las mejores fotografías para llevarse un trofeo. Cuando nos lo dijeron en clase fui la primera en apuntarme.

El día de la salida el colegio estaba desierto. Era una mañana gris en la que los árboles del patio parecían tristes y las ventanas de las aulas nos miraban con ojos inquietos, como preguntándonos a dónde íbamos. Fui uno de los primeros alumnos en llegar, y ya hacía cola con otros compañeros, esperando impaciente la llegada del autocar que nos llevaría hasta el zoológico. Llevaba una mochila con una botella de agua, ropa de muda, un bocadillo de jamón en dulce, la cartera con algo de dinero y las llaves de casa. Y entonces me di cuenta: me había dejado la cámara de fotos en casa.

Sentí una especie de cosquilleo que parecía querer paralizar mis extremidades. ¿Me daría tiempo a ir a casa, coger la cámara y volver a la escuela antes de que el autocar se marchara? Miré angustiada a mis compañeros de clase, que me ignoraban por completo. Hacían corrillos, se enseñaban las cámaras los unos a los otros, se hacían bromas y se reían, y nadie se preocupaba por mi problema. Pero yo sólo podía pensar: ¿cómo voy a ser la única persona en todo el zoológico sin cámara de fotos? Viendo durante todo el día cómo el resto de niños se divertían sacando fotos mientras yo no podía hacer otra cosa que mirar cómo me quedaba fuera de su mundo por mi maldito despiste. No estaba dispuesta a ser desplazada... otra vez.

De modo que avisé a una de mis compañeras, que aún no me había negado la palabra. “No tardaré mucho, ¿me esperáis?”. “Sí, claro”, me respondió ella con una sonrisa para luego girarse y seguir cotorreando con sus amigas.

Intenté calcular mentalmente el tiempo que necesitaría para ir y volver a casa. “Son sólo cuatro paradas de metro... Diez minutos en metro para ir, cinco para subir a casa, coger la cámara y bajar, y otros diez para volver”. Eso sumaba una media hora, pero sólo faltaban diez minutos para que el autocar se marchara. En milésimas de segundo y con un nudo en la garganta cada vez más grande, me pregunté qué sería mejor: quedarme allí y ser ignorada por mis compañeros, sin poder participar en el concurso, o al menos intentar llegar a casa y, en caso de conseguirlo, pasar bien el día. Lógicamente, no sólo iba a quedarme sola en el zoológico, sino también los días siguientes: todos los niños comentando lo que habían hecho, enseñando sus fotos, celebrando la entrega de premios... No creí que pudiera soportarlo. Así que me decidí y salí corriendo por la enorme puerta metálica del patio principal.

En tan sólo cinco minutos salía por la boca de metro de mi barrio, y contenta subí a casa y cogí la cámara. Pero mi madre estaba allí, y me dijo: “¿Puedes subir el pan?”. Pensé que tardaría más tiempo intentando explicarle lo justa que iba de tiempo que haciéndole caso, de modo que bajé a la panadería: de hecho, había llegado mucho más rápido de lo esperado. Pero entonces me detuvo una vecina justo en la puerta de la tienda, preguntándome cómo se encontraban mis padres y cómo me iban a mí lo estudios, y yo iba mirando desesperada mi reloj, viendo que un minuto se convertía en cuatro y luego en siete... Estaba perdiendo demasiado tiempo.

Subí las escaleras de casa como un relámpago, intentando que las tres barras de pan que había comprado no se me escurrieran por debajo del brazo, volví a bajarlas como un huracán, entré en el metro y me planté en quince (¡quince!) minutos en la escuela. Todos se habían marchado ya.

Sopesé la situación: tenía mi cámara, pero nadie se había dado cuenta de mi ausencia y todo el mundo se había ido. ¿Qué opciones me quedaban? Estaba claro: o volver a casa e intentar explicarle a mi madre lo que había pasado, y pasarme el resto del día encerrada en mi dormitorio sin saber qué hacer pero siendo muy consciente de lo mal que lo iba a pasar durante los días siguientes, o coger de nuevo el metro y tratar de llegar al zoológico. Quizá, si nadie se había percatado de que yo no estaba, tampoco nadie se extrañaría de verme allí. De modo que, por cuarta vez en menos de una hora, volví a coger el metro.

Tenía que hacer trasbordo en la línea amarilla. Hasta entonces no había cogido sola el metro excepto para ir hasta la escuela, de modo que sentía ese nerviosismo de la primera vez al mismo tiempo que crecía mi orgullo al enfrentarme a lo que, para mí, resultaba ser un interesante reto. Pero desgraciadamente me perdí.

De hecho no supe que estaba perdida hasta que me apeé en la parada que en teoría debía llevarme hasta el zoológico, Ciutadella-Vila Olímpica. Esperaba encontrarme con el quiosco y el estanco, la amplia avenida y el enorme jardín, pero en su lugar sólo vi arena por todas partes, el mar en calma a lo lejos, y a mi derecha un colosal edificio de oficinas de cristal oscuro que parecía estar hundiéndose en la arena. Sin saber dónde me encontraba y dudando de mí misma, preguntándome si realmente no me había equivocado de línea o de parada, empecé a caminar por la arena hasta llegar a una extraña construcción flotando sobre la gigantesca playa. Parecía una colosal caja de muñecas abierta por la mitad, de modo que podían observarse todos los pisos y lo que en ellos había: productos de menaje, limpieza y para el hogar, plantas y cuadros, frutas, verduras y carnes, y cajas registradoras en la planta baja. Extrañamente, para llegar al interior de las instalaciones era necesario cruzar una puerta de seguridad y un torno, como si de un aeropuerto se tratase. Me dieron ganas de comprar algo, pero tras un buen rato paseándome por todas las secciones acabé pasando por caja con las manos vacías, mientras que una de las dependientas, vestida de azul y blanco, me decía de malas maneras: “Lo siento, no tenemos cal”. Yo no había pedido cal, pero le di las gracias con un susurro, preguntándome si se estaba dirigiendo a otra persona. No me giré para comprobarlo.

Al salir del centro comercial pensé que ya había pasado demasiadas horas perdida, por lo que volví a la boca de metro con la idea de volver a casa. Necesitaba comer algo y preguntarle a mi madre si sabía dónde había estado.

Quizá volví a despistarme y me metí en una boca de metro distinta, pero cuando pagué mi viaje y atravesé todo el pasillo hasta los andenes me encontré únicamente con una estrecha y polvorienta estación de metro en la que como máximo podía detenerse un vagón. Otras personas esperaban de pie pacientemente la llegada del convoy, todas ellas vestidas con ropas raídas y oscuras, como si fueran extras de una película de guerra que volvieran a casa tras grabar las últimas tomas. Le pregunté a un hombre de unos setenta años si aquello era el metro. “No”, me respondió con una seriedad que me dio a entender que no tenía demasiadas ganas de hablar (“Como si tuviese otra cosa mejor que hacer”, pensé yo), “esta es la parada de autobús”. ¿Un autobús que viajaba por lo que yo veía claramente que eran vías de metro? Bueno, quizá era un nuevo modelo o algo así. Calmadamente volví a preguntarle: “Disculpe de nuevo, pero... ¿esto me llevará hasta algún enlace con el metro?”. El viejo me miró por primera vez con unos ojos azules y llorosos, y pude oler su mal aliento cuando exhaló un sencillo “Sí”. “Gracias”, le dije tímidamente, y me alejé de él. Lo último que yo pretendía era meterme en problemas con un desconocido, por muy mayor que éste fuera...

Al cabo de unos minutos llegó el convoy: un cruce entre vagón de metro, autobús y tranvía, que a duras penas podía deslizarse por las vías. El interior era igual al de los autobuses que solía utilizar yo para moverme por mi barrio, por lo que supuse que se trataba de un modelo reutilizado. Busqué en su interior mapas que me indicaran dónde debía bajarme, pero no había ninguno. Quise preguntarle al conductor, pero los carteles de “No hablar con el conductor” siempre me habían impuesto mucho respeto y les hacía caso. No quería averiguar qué pasaría si por mi culpa lo despistaba y ocurría un accidente. Tampoco quise molestar a ninguno de los pasajeros, que me inspiraban tanta desconfianza como el hombre al que le había preguntado en la estación, por lo que me senté y esperé pacientemente a llegar algún sitio desde el que pudiera volver a casa.

El trayecto fue realmente corto: unos pocos minutos de túneles hasta salir a la superficie. Empecé a asustarme cuando vi que todo el mundo descendía del vehículo, y sentí que los ojos del conductor, ocultos tras unas oscuras gafas de sol, me invitaban a bajarme también. “Última parada”, espetó una metálica voz de mujer por unos altavoces que parecían sacados de la Segunda Guerra Mundial. No tuve más remedio que hacerle caso; ¿me había equivocado de dirección? Pude confirmar que así había sido cuando, al llegar al andén, vi en la vía opuesta un cartel en el que se leía claramente “Dirección: Barcelona”. Vaya, había salido de la ciudad. Interesante... y también tranquilizador, ya que al menos sabía por dónde volver, aunque me preocupaba la facilidad con la que me había perdido.

Según uno de los carteles informativos faltaba aún una hora para la próxima salida, de modo que decidí dar una vuelta por los alrededores. Debía estar realmente lejos de Barcelona, pues lo único que podía ver era un interminable campo de trigo y alguna masía a lo lejos. Sonreí y me perdí entre el trigo dorado, disfrutando de un soleado día que, cierto, nadie creería hasta que revelara mis fotos, pero que para mí se había convertido en una aventura digna de recordar. Y lo mejor de todo era que, aun habiéndome perdido, volvería a casa sana y salva y por mi propio pie, habiendo conocido lugares cuya existencia desconocía. Quizá mis compañeros de curso ganarían premios con su excursión al zoológico, pero yo había podido disfrutar de una aventura por la que muchos sentirían una enorme envidia. Quién sabe, quizá de ese modo mis compañeros volverían a respetarme...

09 marzo 2008

De una mudanza y la última decisión

El día del adiós el piso estaba casi vacío. Ya habíamos empaquetado y guardado los objetos de mayor importancia: ropa para unos días, algunos enseres del hogar, libros y ordenadores, productos de higiene y algún que otro recuerdo del que no queríamos desprendernos. Aún así yo miraba a mi alrededor nerviosa, intentando hacerme a la idea de que todo iba a cambiar: debíamos mudarnos a la casa de mis abuelos, a una hora y media de viaje de allí. Seguiríamos con nuestros trabajos, pero jamás volveríamos a esa vivienda. Y todo había sido tan repentino, tan forzado, que en mi mente sólo se agolpaban las dudas y una creciente sensación de que abandonar el hogar era un gravísimo error.

¿Por qué debía ser de esa manera? No éramos los únicos que nos íbamos del barrio. Desde hacía unos días habíamos ido observando cómo nuestros vecinos de enfrente habían ido desmantelando los tres pisos de los que eran propietarios. El enorme patio del que disponían, hasta hacía bien poco repleto de plantas y de maderas y cristales esparcidos por todas partes, estaba vacío y extrañamente limpio. Tan sólo unas horas antes mi padre y yo habíamos estado mirando desde el balcón, poco después de despertarnos, y escuchábamos cómo el dueño del edificio utilizaba por última vez esa horrenda máquina de cortar que tan a menudo nos había molestado.

– Vaya –le dije a mi padre–, ahora que nosotros nos vamos, el ruido cesa...

Él no me contestó, pero me pareció que asentía levemente con la cabeza.

Los otros vecinos, a nuestra derecha, también habían vaciado sus casas. Ahora estaban llegando los nuevos inquilinos, que se apresuraban en decorar los dos patios gemelos: cambiaban el color salmón de las paredes por un gris sucio, añadían una terraza al segundo piso, y la llenaban con estatuas plateadas de dioses griegos y romanos y con sendas columnas de estilo jónico, o quizá dórico, ahora no recuerdo, con horribles capiteles frutales que intentaban imitar de una forma hortera y futurista los majestuosos templos de antaño.

– Pero al menos no tendremos que ver esto cada día –dijo mi padre de pronto. Yo sólo conseguí lanzar un susurro que pretendía ser una afirmación.

Pues claramente no veía yo ninguna ventaja que pudiera decantar la balanza a favor de mudarnos de vivienda. Para mí vivir para siempre en casa de mis abuelos era más bien un castigo: compartir techo con aquellos a los que no podía soportar más de unas horas, con sus críticas y su anticuado punto de vista, me hacía sentir que retrocedía en mi camino antes que avanzar. Pues si ya me resultaba molesto a menudo saber que cuatro ojos conocían con toda precisión mis costumbres y hábitos, que sabían de mi vida más que nadie, la sola idea que se convirtieran en ocho simplemente me dejaba sin aire. Sin contar, por supuesto, con otros pequeños detalles desagradables: depender día a día del transporte público, más de tres horas entre ida y vuelta; no poder acceder a centros comerciales y tiendas a no ser que alguien me llevase en coche, no tener Internet o algo tan nimio como dormir en una cama extraña y entre unas paredes blancas que no eran las mías y que no podría decorar a mi gusto, me provocaban una sensación de vértigo insoportable, y sólo quería salir corriendo hacia ningún lugar, o quizá acostarme y dormir durante meses, hasta que todo hubiese cambiado.

Pero la suerte estaba echada y el destino era malvado, y no parecía haber salida para mí de aquella terrible situación. Mi madre nos apremiaba a recoger todas las cosas, repasando una y otra vez cuántas bolsas llevábamos y qué habíamos guardado en ellas, preguntando incansablemente qué debíamos llevarnos y qué teníamos que dejar atrás, increpando a mi padre continuamente por su tranquilidad y parsimonia.

– ¡Id metiendo a los gatos en los transportines! –gritaba–. Irán contigo en la parte de atrás –añadía mirándome.

Observé tristemente a mis dos gatos enjaulados, que me devolvían la mirada con ojos también tristes y asustados. Mi abuela no soportaba los gatos, y me aterrorizaba la idea de pensar cómo acabaría todo: obligados a regalárselos a alguien o, aún peor, a abandonarlos en cualquier sitio. Ya le había dicho a mi madre que no era buena idea que vivieran allí: acostumbrados al aséptico entorno de un piso de ciudad, contraerían enfermedades y acogerían a pulgas y garrapatas en sus peludos cuerpos felinos, lo que les haría sufrir sin sentido y, por ende, a nosotros nos acarrearían más preocupaciones. Pero ¿qué otra cosa podía hacerse?

En mi dormitorio, con el armario de la ropa abierto, con las estanterías casi vacías y con una cama sin sábanas ni edredón, cerré los ojos por unos instantes y visualicé los largos días venideros: nubes grises y lluvia melancólica que me recordarían con el lento avanzar de los segundos que me encontraba encerrada en un mundo que no estaba hecho para mí. Pero mi madre seguía increpándonos, y empecé a cerrar todas las bolsas con nerviosismo y lágrimas en los ojos, forzada a decir adiós a la vida que quería para mí y que jamás conseguiría. De un lado para otro, y con un creciente sentimiento de urgencia que empezaba a rozar el pánico, no me decidía a dejar nada allí, ninguna de todas aquellas pertenencias que poco a poco había ido atesorando en ese pequeño rincón en el que tantas experiencias había vivido.

– ¿Cuánto espacio libre queda en el coche? –pegunté con un grito. El automóvil tampoco era ya nuestro; un coche blanco y desgastado por los kilómetros de largos viajes cuyas ruedas cedían ante el peso de los años que queríamos llevar con nosotros. Miré mi televisor, y luego mi colección de dragones, y algunos de los libros que no podría llevarme. “¡Los relatos!”, pensé ansiosamente, pues con gran esfuerzo los había escrito y formaban parte de mí, y mientras los guardaba con prisas intentaba repasar mentalmente todo lo que quedaba atrás, y siempre me daba la sensación de que me dejaba algo importante; todo era imprescindible para mí, y me era imposible decidirme...

Entonces cerré los ojos con fuerza e inspiré lentamente para intentar calmarme. Y cuando abrí los ojos miré por la ventana de mi tan querida habitación y vi cómo estaba cambiando todo: el cielo se ennegrecía amenazando lluvia, los nuevos vecinos seguían decorando sus hogares mientras los viejos abandonaban los suyos, y estaba siendo todo tan rápido que parecía que el mundo era un tren en movimiento que se me escapaba. Y yo sólo podía correr y correr tras ese tren sin alcanzarlo jamás.

Entonces algo cambió en mi mente, un pequeño clic que llenó de luz el vacío oscuro que se había formado en mi corazón, y una sensación similar a una descarga eléctrica me atravesó el estómago.

Salí decidida del dormitorio y me dirigí al comedor. Observé lentamente los cuadros que iban a quedar colgados de las paredes y las copas que siempre estarían tras las puertas de cristal del armario, y mientras mi madre me gritaba histérica que qué me pasaba y que debíamos irnos ya, yo tensaba mis músculos, preparándome para lo que estaba a punto de decir.

Y entonces todo cambió.

– No voy con vosotros. Me quedo aquí.

Alguien pulsó el botón de pausa de la película de acción en la que se había convertido ese día de nuestras vidas, y los ojos brillantes de mis padres me miraron perplejos, intentando comprender. Nadie articuló palabra durante unos minutos, hasta que decidí romper aquel incómodo y tenso silencio.

– Sí... –empecé con un ligero temblor en mi voz–. Lo he estado pensando: no es nada positivo que vaya con vosotros; ya sabéis cómo es mi relación con mis abuelos. Por otro lado está el tema del transporte y todo eso. Y yo necesito quedarme aquí; no puedo abandonar este piso... De modo que si os parece bien puedo daros el dinero del alquiler cada mes; podéis iros y llevaros todo lo que queráis, pero yo me quedo.

– ¿Estás completamente segura? –me preguntó mi madre con preocupación. Miré a mi padre, que permanecía callado pero tranquilo, y en su rostro vi que al fin se había cumplido lo que él sabía que sucedería, lo que me dio fuerzas para seguir adelante con mi idea. De modo que respondí:

– Sí. No hay tiempo para dudas ahora, debéis marcharos cuanto antes. Mañana os llamo, cuando esté todo más tranquilo. Creo que... –y ahí me dejé vencer por el cansancio, y bajando la mirada y soltando aire, continué:– será lo mejor para todos.

Ni siquiera yo parecía darme cuenta de lo que estaba haciendo. Decididamente me había negado a irme de aquella casa, sopesando todos los pros y contras de tal cambio, pero aún no había tenido tiempo para asimilar lo que yo misma estaba diciendo: no sabía cómo iba a adaptarme a vivir completamente sola, dependiendo única y exclusivamente de mí misma para todo. Y de repente, como si hubiese abierto una caja de Pandora particular, vino todo a mi mente: cómo tendría que hacerme la comida y la cena cada día, las lavadoras que tendría que poner, cómo iba a mantener el piso limpio, sin contar, por supuesto, con los gastos fijos mensuales.

Pero nada de aquello me achicó, sino todo lo contrario: estaba ante uno de los retos más importantes de mi vida, y se me presentaba una oportunidad única que no pensaba dejar escapar. De modo que me di la vuelta con calma y decisión, volví a mi dormitorio y empecé a desempaquetar todo lo que ya había guardado.

Ya no había vuelta atrás. Estaba hecho; ya no tendría tiempo para volver a empaquetarlo todo, por lo que la suerte estaba echada.

Y así, perdida entre abrazos y llantos pero deseosa de empezar mi nueva vida, me despedí de mis padres y me dejé vencer por el agotamiento; medio atontada me preparé algo sencillo de cenar, hice mi cama y me puse a dormir. El mañana sería un nuevo día.

¡Y qué hermoso y soleado día resultó ser! Me desperté a primera hora ligeramente desubicada, y al subir la persiana y notar los rayos de sol bañar mi rostro me di cuenta de que estaba sola. Me paseé lentamente por el piso, observando todos aquellos huecos que habían dejado mis padres y que tendría que ir llenando yo poco a poco. Iba a transformar el piso, que iba a convertirse en un fiel reflejo de mis ansias de independencia, y no existirían críticas amargas ni ojos curiosos que observaran lo que yo hacía. Supe entonces que tenía el tiempo y el espacio en mis manos, y tal peso cayó sobre mí que me asusté y me sentí sola, muy sola, perdida en medio de huecos vacíos e ilusiones sin forma, y tal responsabilidad me dio miedo. Tenía tantas cosas por hacer que me quedé inmóvil, sin saber hacia dónde avanzar: llamaría a mis amigos para explicarles la buena noticia y para pedir consejo, limpiaría y reubicaría todo a mi antojo, compraría cuando y lo que me apeteciera, y... ¿con quién hablaría al llegar a casa tras una dura jornada de trabajo? Cambiaría el papel de las paredes, algo que mi madre siempre había querido hacer; los veranos serían más frescos, pues podría dejar puertas y ventanas abiertas en verano sin miedo a que ningún gato se escapara. Y del mismo modo que hasta hace poco había sentido que mi dormitorio se me había quedado pequeño, ahora todo un piso se me antojaba enorme...

Y miré a través de mi ventana y con una sonrisa pensé: “Tómatelo con calma... Empieza tu nueva vida”.

01 marzo 2008

De la extraña mascota

En un desvencijado garaje se reúnen a menudo un grupo de amigos. Una de las muchachas vive allí desde que se fue de casa. No tuvo miedo a lo desconocido: simplemente cogió algunas de sus pertenencias y se fue, para acabar en ese garaje sucio y desordenado. Pero ella se siente feliz.

Tiene un trabajo y un techo bajo el que vivir. Puede asearse y pagarse la comida. Y lo que más valora: tiene su propio espacio, sin esos ojos curiosos y cotillas que miran sin ver y conocen todos sus movimientos. Es libre, hermosa y valiosa. Única y diferente. Se siente, por una vez en la vida, ella misma sola ante el mundo, y también fuerte y tenaz.

El agonizante paso del tiempo pesa sobre su espalda. Una vida demasiado corta para todo lo que se desea hacer. Quiere, anhela crecer y mejorar. El primer escalón fue ese garaje oscuro y polvoriento; el siguiente quizá sea compartir piso. O puede que no sea necesario. No se trata del lugar, sino de cómo se siente la persona en el lugar. ¿Por qué ponerle una barrera estúpida de falsas necesidades a la felicidad?

Pero a veces la muchacha se amarga preguntándose si lo único que intenta es convencerse a sí misma de que no se ha convertido en el Gregor Samsa del siglo XXI, moviéndose entre basura, incomprendida por el resto.

Ha encontrado algo en un rincón de la estancia. Es una araña. Siempre ha odiado las arañas. De pequeña se unía a los niños de clase, que con arañas en las manos perseguían a las niñas para hacerlas chillar. De adolescente generó una fobia sin sentido hacia esos animales. De mayor simplemente siente una obligada y falsa indiferencia hacia ellos, aunque jamás los pierde de vista. Sólo por si acaso.

Pero esta araña es diferente: pequeña, de cuerpo ancho y patas cortas, está recubierta por un espeso y brillante pelaje negro azabache similar al de un gato. Parece suave. Lentamente la chica coloca su dedo índice ante la araña, que salta rápidamente sobre él. Ella se levanta poco a poco y mira al diminuto ser. Con la otra mano lo acaricia. Sí, es muy suave.

– ¿Quieres quedarte conmigo? –le pregunta.

No hay respuesta. Pero la araña parece acomodarse sobre la yema de su dedo.

– Vale –le dice la muchacha con una sonrisa.

Llena una caja de plástico transparente con agua limpia y arena oscura y espesa. Ya tiene mascota. Imagina que su nueva compañera, muy coqueta, querrá mantener su pelaje limpio. La deja sobre la isla de tierra, y la araña empieza a inspeccionar su nuevo hogar.

Un día la muchacha muestra su mascota a sus amigos, sorprendidos al principio, encariñados con tan exótico animal más tarde. Unos la tachan de rara, aunque ella ya está acostumbrada a ese apelativo. Otros alaban su originalidad.

Salen una noche de fiesta. La muchacha sigue necesitando trasnochar de vez en cuando para romper con la monotonía de su vida, pero es algo que hace cada vez con menos frecuencia. No le gusta. Prefiere la tranquilidad de su hogar.

Pero esa noche se deja llevar para luego arrepentirse. Se emborracha, y acaba con todos sus amigos a las dos del mediodía del día siguiente en las solitarias y tranquilas pistas de un aeropuerto. Los están echando. Ella, mareada por el sueño y los restos de alcohol que aún recorren sus maltratadas venas, camina dando tumbos hasta que se detiene de golpe.

– ¡Mi mascota!

La han olvidado por completo. Se imagina a la pobre araña cayendo por error en una zona demasiado profunda de su piscina particular, pidiendo ayuda con sus cortas patitas alzándose al vacío.

La muchacha vuelve a casa. Ha tenido una visión. Salva a su mascota por poco. Y la araña se lo agradece. Es tan pequeña, tan peludita y negra, que apenas se le ven los ojos, pero sabe expresar sus estados emocionales. A veces se ha enfadado, otras veces ha querido jugar, luego se ha retirado a dormir tras dar las buenas noches a su manera. También ha mantenido el hogar limpio de mosquitos y otros pequeños insectos. Y ahora agradece con su mudo inmovilismo a su cuidadora por haberle salvado la vida.

Los amigos llegan al garaje. Bueno, en realidad no son amigos. Son simples conocidos. Se lleva bien con ellos, pero son más compañeros para hacer el loco que gente a la que acudir en caso de necesitar ayuda o quedarse sin recursos. La muchacha los mira y empieza a pensar que es hora de cambiar su vida. Está cansada de hacer siempre lo mismo. Como si la arañita le hubiese mostrado una nueva puerta que abrir en el interminable e infinito laberinto de habitaciones de la vida.

– Quiero cambiar –dice–. Vamos a bailar.

Limpia el habitáculo de la arañita, se regala un largo y erótico baño, se pone una camiseta de tirantes, una falda y unas botas de tacón, se echa colonia y se prepara para salir. Ya no es la muchacha del garaje. Ahora es la mujer que sale del garaje.

Y acaba en un gimnasio en el que dan clases de danza.

– ¡Con esa vestimenta no puedes bailar! –le increpa insolente la profesora.

Ella se quita los zapatos y consigue que uno de los alumnos le preste unos pantalones ajustados. Y baila, y baila en pareja, y baila para ella misma y para su antiguo yo, despidiéndose de él con pasos recién aprendidos y todavía torpes. Baila hasta acabar rendida, y al salir del salón de danza mira el letrero amarillo:

“Clases particulares de baile y danza. 58,90 € al mes, material incluido. Prueba una de nuestras clases.”

– Entonces es cierto –dice alguien mirando también el letrero.

Pero ella no sabe a qué se refiere. Sólo sabe que tiene una nueva mascota y una nueva vida por delante.

23 febrero 2008

De un viaje en el tiempo y las novelas

Todo empezó con un simple proyecto: explorar el futuro para aprender de los errores cometidos; comprender los cambios sucedidos para entender el pasado y mejorar el presente. A veinte años vista, indagar, estudiar, observar y anotar para luego volver y reflexionar. Pero algo no funcionó.

Por un error mecánico, o de cálculo, o quizá humano, el viaje se detuvo a dos años vista. No era el 2028, sino el 2010. Las calles no habían cambiado tanto, algunos comercios aún estaban abiertos, todo era un poquito más caro, los móviles tenían más prestaciones, ya había llegado la televisión digital terrestre, algunas guerras seguían sacudiendo el mundo, los mismos políticos continuaban en el poder y, en definitiva, nada especial había sucedido.

A no ser por un simple detalle: perdidos en el túnel del tiempo, no podríamos regresar jamás.

Lo supimos tan sólo pisar el gris asfalto de la calle en un tardecer anaranjado. La máquina había dejado de funcionar, y por alguna extraña razón nadie sabría arreglarla y devolvernos a nuestra época real. No entendíamos del todo los motivos, pero la certeza de nuestra conclusión nos golpeó en el estómago como una bala a cámara lenta: para siempre atados a un tiempo que no era el nuestro, en el que vivía nuestro otro yo y a quien, quizá, era mejor no encontrarse. Desconocíamos las consecuencias que podrían acarrear nuestras acciones, pero ¿qué otra cosa podíamos hacer? Sólo buscar alojamiento e intentar pasar desapercibidos, escondidos en un momento del tiempo que no nos pertenecía y en el que éramos elementos hostiles. Personas non gratas. Fugitivos del mañana que se había convertido en el ahora.

Con tal desasosiego comenzamos a caminar por la avenida a la que habíamos llegado. Rodeados de coches y gente que regresaba al hogar tras finalizar la jornada laboral, nadie nos vería ni se preguntaría de dónde habíamos salido. El proyecto había sido preparado a conciencia: la máquina, con una protección óptica, sería invisible para cualquier persona excepto para nosotros, por lo que nadie nos creería si hablásemos de su existencia. De ese modo se evitaría tergiversar, manipular inconscientemente o contaminar los datos de nuestro estudio. No teníamos, por lo tanto, hogar ni vehículo que nos transportase. Únicamente poseíamos una pequeña bolsa cada uno con algo de dinero, ropa de muda y libretas. Pocas pertenencias para una estancia que tenía que ser eterna.

Tras una corta charla, apenas dos frases cruzadas, mi acompañante y yo decidimos buscar alojamiento y un sitio para comer. Se trataba de un buen amigo, una persona de confianza con la que había compartido muchas experiencias; una especie de alma gemela contemporánea. Ignoro por qué nos eligieron a nosotros para tan importante cometido, pero una cosa estaba clara: ante la dificultad, nos daríamos fuerzas mutuamente y nos apoyaríamos sin medida. Jamás nos quedaríamos solos... Aunque el proyecto fallara.

Anochecía con rapidez y la temperatura bajaba. La humedad era intensa y la niebla se avecinaba; las luces se iban apagando y entonces el mundo parecía un enorme monstruo naranja medio dormido, aunque siempre con un ojo abierto. Nos detuvimos ante el mapa de una boca de metro: cerca había un hotel. Ése sería, temporalmente, nuestro alojamiento.

Era un establecimiento sencillo y sin pretensiones; la habitación era pequeña y tenía un diminuto aseo, una ducha, un armario antiguo y dos camas con sus mesillas. Predominaba el color marrón, lo que le confería al conjunto un toque a pueblo, como si mirásemos una foto antigua. Era un lugar estrecho pero acogedor, y las bolsas con comida rápida y refrescos que habíamos comprado en un supermercado cercano ocupaban el poco espacio restante. Y aunque parezca extraña tanta calma ante la incertidumbre de nuestro futuro inmediato, conseguimos conciliar el sueño. Con el mañana llegaría la hora de reflexionar.

Dormimos durante horas. Pasado el mediodía nos despertamos en suelo extraño, mirando el extravagante cuadro de la pared. Desayunamos algo, recogimos nuestras pertenencias y salimos a buscar un sitio en el que comer. Compramos unos bocadillos y unos refrescos, y callados estuvimos paseando por las calles cercanas al hotel, observando a la gente que quizá habríamos conocido antes y que tal vez habría muerto en nuestro destino. Nos sentíamos dueños del tiempo que a su vez era nuestro dueño; únicos y solitarios reyes de un pedazo de segundos que jamás habían sido nuestros. El lento pasar de las horas se nos antojaba rápido tras haber jugado a ser dioses.

Sin darnos cuenta había vuelto el atardecer. Teníamos hambre, de modo que tras mirar algunas tiendas de objetos para el hogar, extraña contradicción pues ya no teníamos hogar al que volver, encontramos un hermoso restaurante de comida casera: decorado en maderas y telas a cuadros, desprendía un agradable olor a leña ardiendo. En el centro del comedor, tras subir tres escalones, había una preciosa fuente de piedra gris, pero no contenía agua, sino un extraño vapor blanco, como si de hidrógeno líquido se tratase. Me aventuré a tocar esa nube artificial con las yemas de mis dedos, pero éstos no se mojaron; nos miramos y, tras largo tiempo serios, sonreímos y recordamos una fuente similar que habíamos visto en una tienda de gangas un año atrás, o dos, o quizá tres, ¿cómo contar el tiempo ahora?

Cenamos copiosamente: vino blanco, carne roja y frutas variadas en enormes bandejas plateadas. Pagamos el recibo y salimos a la noche cerrada y artificial de la ciudad.

– No podemos vivir siempre con lo que tenemos ahora –comenté a mi acompañante–. Si tenemos que quedarnos en esta época para siempre, será mejor que recuperemos nuestras pertenencias.

– ¿Qué tienes pensado? –me respondió él.

– Yo iré a casa, guardo una copia de las llaves. Quizá mis padres están durmiendo.

Él me miró preocupado y respondió:

– No deberíamos, al menos no ahora. Esperemos unos días.

Y así lo hicimos. Pasamos unos días en el hotel hasta que decidimos cambiarnos a uno más lujoso.

– Si tenemos que vivir siempre en un hotel, mejor que sea espacioso y cómodo, ¿no? –me había dicho un día mi compañero.

De modo que encontramos alojamiento en un enorme hotel de cinco estrellas con todas las comodidades. En seguida empezamos a conocer a todos los trabajadores, sobretodo al encargado del comedor, con quien congenié rápidamente: un altísimo hombre de color sin un solo pelo en la cabeza y unos brazos y piernas anchos como troncos de árboles. Hablaba con una voz profunda y serena, pausadamente, remarcando cada palabra sin utilizar nunca más de las necesarias. Con el tiempo él se convertiría en nuestro confesor y maestro, y a veces su mirada transmitía una sensación extraña, similar a la complicidad que conlleva el conocimiento de un secreto, como si desde siempre hubiera estado esperando nuestra llegada.

Una noche nos dirigíamos al comedor para cenar, y al cruzar la puerta de cristal de la entrada nos saludó amablemente:

– Buenas noches, señorita, caballero –y sonrió. Acto seguido bajó la voz y mirándome fijamente añadió:– Creo que esta noche tienen visita.

Y haciendo un ademán con el brazo izquierdo nos invitó a pasar. Mis ojos siguieron el recorrido que indicaba su gesto, y pude ver bajo la suave luz del enorme salón vacío una sola mesa, la que siempre ocupábamos, con tres personas sentadas y cenando. Y el corazón me dio un vuelco.

Mi madre, mi tía política y mi abuela estaban allí.

Nos acercamos lentamente a la mesa, y no pude articular más que un “Hola” nervioso.

– ¡Hija! –gritó mi madre al verme mientras se le llenaban los ojos de lágrimas–. ¡Cuánto tiempo sin verte! Pensábamos que no volveríamos a veros jamás.

Nos abrazamos entre todos, aunque la emoción pasó a los pocos minutos, y pareció de golpe que siempre habíamos estado allí y que jamás se nos había echado de menos: la conversación entre las tres mujeres continuó donde la habían dejado, entre risas y críticas irónicas y más risas, mientras nosotros pedíamos nuestros platos. En un momento dado decidí conseguir algo de información, de modo que ante tanta frialdad pregunté:

– ¿Cómo está mi padre?

En ese momento se hizo el silencio en la mesa, y sólo se oía el suave hilo musical de la sala. Mi madre me miró nerviosa, como si hubiera estado esperando que jamás pronunciara esas palabras.

– Tu padre... –tartamudeó–. Tu padre fue en busca de tu abuelo, que lleva dos años desaparecido.

– ¿Cómo? –respondí rápidamente. No podía creer lo que estaba oyendo.

Al parecer mi abuelo había desaparecido misteriosamente una tarde de otoño, y se puso en marcha un dispositivo de búsqueda, pero la policía jamás consiguió dar con su paradero. Estaba muy enfermo y temíamos por su vida, aunque los investigadores daban por perdida la misión, aun sin haber encontrado el cadáver o pista alguna. Daba la impresión de que mi abuelo se hubiese volatilizado, como si jamás hubiese existido. De modo que ante la escasa colaboración de la justicia mi padre salió también a buscarlo... y jamás se volvió a saber nada de ellos.

– ¿Y quién los está buscando? ¿Quién lleva la investigación? ¿Se sabe algo? –pregunté atropelladamente.

– No, no se sabe nada, y hace tiempo que abandonamos la tarea de encontrarlos –dijo tranquila y fríamente mi tía. Acto seguido miró a mi abuela–. Pero señora... no negará que así se vive mejor, ¿verdad?

Y mi abuela, a quien pocas veces había visto sonreír, lanzó una carcajada y dijo:

– ¡Gloria bendita!

Mi madre, riéndose con las dos mujeres y mirando a mi tía como si esa fuese la enésima vez que tenían esa conversación, añadió:

– Lo dicho... ¡Ya se apañarán!

Y siguieron riéndose.

Algo oscuro se removió en mis entrañas, una mezcla de dolor e ira, de frustración y pérdida, de impotencia y ansiedad. ¿Perdidos? ¿Los dos? Nunca había tenido una relación estrecha con mi abuelo, pero el hecho de que mi madre se despreocupara tan descaradamente por mi padre tras tantos años de convivencia y experiencias se me clavó en el corazón como una daga ardiendo.

– ¿Y esto es lo que hacéis cada día mientras tanto? ¿Vivir la buena vida y reíros de dos personas que os querían y que puede que estén sufriendo muchísimo? –les pregunté enfurecida. Ellas me miraron como entendiendo mi enfado, pero no respondieron nada: simplemente bebieron de sus copas. De modo que añadí:– Acompáñame a casa, mamá.

Ella me miró extrañada.

– ¿Casa? No podemos volver a ese piso, hija. Nosotras nos alojamos aquí, hemos olvidado el pasado, no queremos volver.

Y siguieron las risas y las bromas, y ya no nos hicieron caso.

Salí velozmente del local, con una única idea en la cabeza.

– Voy a ir yo sola –le dije a mi compañero ante su idea de ir conmigo–. Cogeré algunas cosas y volveré al hotel; nos vemos allí.

No imaginé que aprendería algunas cosas en las que nunca antes había pensado.

El viaje en metro se me antojó rápido, y apenas recuerdo nada de él, pues iba yo enfrascada en mis pensamientos y en el torrente de intensos sentimientos que me invadían. Pero cuando llegué a mi dormitorio a oscuras me obligué que serenarme, recuperar la calma y pensar con frialdad.

El piso estaba desierto y olía a cerrado. Todas las que habían sido las pertenencias de mi familia continuaban allí: los cuadros de las paredes, los muebles, mis libros y álbumes de música, el ordenador, incluso el cajón de la tierra de los gatos estaba aún en el pasillo. Parecía que habiendo abandonado la vivienda, con ella había muerto una parte del mundo: el silencio era más profundo que de costumbre, y se escuchaban con demasiada claridad los ruidos del exterior.

Abrí el armario y rebusqué entre mi ropa: cogí todas las prendas que fui capaz de meter en una bolsa granate, pues tampoco quería cargar mucho peso y, en el fondo, la esperanza me obligaba a creer que un día volvería a vivir allí. Me negué a aceptar que quizá era la última vez que pisaba aquel suelo, que me tumbaba en aquella cama, que me miraba en aquel espejo.

Entonces un vecino dio unos golpes en la pared. Toc toc toc, y me sonreí recordando la de veces que, ante golpes, yo había dicho: “Si estás aquí, manifiéstate”, a lo que la gente solía responder: “De verdad que me das miedo”. Yo devolví los golpes. Y una voz se oyó claramente a través de la pared: “¡Hola! ¡Has vuelto!”.

Salí al balcón por la ventana (truco que había aprendido de pequeña y que me ahorraba tiempo) y, subiéndome sobre el fregadero, miré con curiosidad al edificio de al lado. Tres muchachos estaban allí, jugando a videojuegos y tomando unas cervezas, y me miraron sonrientes. El más alto me dijo:

– ¡Hola de nuevo! Te echábamos de menos.

– Lo siento, pero... ¿os conozco? –respondí yo titubeante.

– Bueno, deberías –rió otro de ellos–. Nosotros te conocemos bien a ti, ¿no ves que a través de estas paredes se escucha todo?

“¡Claro!”, pensé, y ligeramente asustada me acordé de todo lo vivido en aquella habitación: conversaciones por teléfono, unas con risas y otras con llantos, películas y música, y otros detalles más íntimos. En mi fuero interno sentí que mi intimidad había sido violada, y que algo parecido a un Gran Hermano conocía hasta mis pensamientos más animales. Y me sentí desnuda.

Mientras mi mente se paseaba por todas aquellas situaciones en las que yo había creído estar sola, los tres muchachos me miraban sonrientes, y en su cara se dibujaba una expresión que decía: “Al fin entiende”. Pero, si mi intimidad había sido invadida sin mi permiso y sin ser yo consciente de ello, estaba claro que ya no podía hacerle nada. De modo que les devolví la sonrisa y me resigné, y les dije:

– Sí, he vuelto, pero me voy de nuevo, y no sé si volveré.

El más joven cogió una cerveza, bebió un trago y me miró triste:

– Vaya... Qué lástima. Estábamos preocupados por ti... Los últimos meses que viviste aquí parecías muy triste, siempre estabas llorando. ¿Puedo pedirte al menos que nos digas si todo se ha resuelto? ¿Conseguiste superar aquella ruptura? ¿Y tu amiga se casó al final?

– Por favor, déjala en paz –le cortó el más mayor. Luego me miró:– Es cierto que echamos de menos saber de ti, tu vida parecía una serie de sobremesa, era muy interesante. Pero si no quieres contarnos nada no importa. –Y sonrió.

– Bueno... –les respondí yo bajando la cabeza–. Os puedo decir que las cosas han cambiado mucho... Y que todo aquello forma parte del pasado. –Volví a mirarles y les sonreí.– Gracias de todos modos... por preocuparos tanto por mí.

– Estaremos siempre aquí para lo que necesites –dijo seriamente el más mayor–. Sabes que nos preocupamos por ti. Vuelve cuando quieras, este es tu hogar y estaremos deseosos de saber de ti y de apoyarte.

– Gracias –les dije, y entonces me sentí calmada. Quién iba a decir que el hecho de que mi intimidad hubiese sido invadida estaba lejos de molestarme; aquellos desconocidos se me antojaban hermanos o ángeles de la guarda, que habían estado velando por mí durante tantos años. Y de hecho habían sido ellos quienes, ante mi fugaz vuelta a casa, me habían dado la bienvenida con sinceridad. Perdida en el tiempo me sentía un poquito más como en el hogar.

Y sonriendo me volví a meter en casa, cogí mis cosas y abandoné el edificio.

Cuando llegué a la calle me sentía más ligera y menos sola. En el portal estaba mi compañero:

– ¿De veras pensabas que te iba a dejar sola?

No preguntó qué había sucedido durante la hora que estuve arriba, ni yo sentí la necesidad de dar explicaciones. Era, paradójicamente, mi rinconcito de intimidad.

Cogimos el metro de vuelta al hotel. Iba bastante lleno, y en una de las estaciones se subió una chica hermosísima, de pelo castaño y lacio y rasgos orientales, que cantaba una canción. Mi pulso se aceleró al escuchar la letra, sencilla para quienes conocieran el idioma, y mi corazón se alegró enormemente, ya que por un momento me trasladé a aquella época a la que nunca podría volver y sentí aquella canción como mía. Con una amplia sonrisa miré a la muchacha y empecé a cantar con ella, queriendo hacerle saber que, aunque el resto de personas la miraran de manera extraña, no debía sentirse sola, pues yo conocía la melodía y su significado, y canté con ella: 「歌いたい あなたのために... 歌いたい 聴いている人達に... 何かを感じたり 伝えられたら... それだけで私は幸せ...」. Cogí fuerte la mano de mi acompañante, que me miraba sonriendo también, ya que él conocía también la canción y sabía sin que yo se lo dijera lo importante que era para mí.

La muchacha hizo ademán de bajarse del vagón, pero con las últimas notas se detuvo y se dirigió a nosotros:

– Veo que sabes la letra, pero ¿conoces su significado?

– Claro –le respondí yo con emoción–. “Quiero cantar para ti, quiero cantar para quienes escuchan; si te hace sentir o te transmite algo, sólo con eso ya soy feliz”.

– Exacto –me interrumpió ella con una sonrisa. Y añadió:– Jamás olvides esta canción.

Y se apeó en la siguiente parada.

Mi compañero y yo decidimos que a partir de entonces viviríamos siempre en el hotel que habíamos elegido y en el que también se alojaba mi familia. Me pareció una buena idea, ya que eso me facilitaría localizar a mi padre y mi abuelo cuando nadie se interesaba por su paradero. Yo los traería de vuelta al hogar y las caras de felicidad y despreocupación desaparecerían.

De modo que me puse manos a la obra. Primero contacté con el que había sido mi jefe: una persona a la que respetaba muchísimo tanto personal como profesionalmente, y que había sido mi inspiración durante mucho tiempo para seguir avanzando y aprendiendo. De hecho, cuando hablaba con él solía decirle: “Yo de mayor quiero ser como tú”, aunque era apenas tres años mayor que yo, y él me respondía: “Anda boba” y nos reíamos. Nos vimos un jueves por la tarde, y parecía estresado, pero se alegró de verme, aunque lo noté ligeramente distante.

– Cuéntame –me dijo rápidamente. No le gustaba andarse con rodeos.

– Mi padre y mi abuelo están desaparecidos, y nadie los está buscando. ¿Crees que podrías ayudarme?

Me miró pensativo durante unos minutos y luego me respondió:

– Sabes que siempre has tenido mi apoyo... Pero creo que en este caso no puedo hacer nada. Si me entero de algo te avisaré. Estaremos en contacto.

Y dicho eso me dio la espalda y desapareció girando una esquina.

Les expliqué lo sucedido a mi madre, mi tía y mi abuela, buscando su apoyo e intentando convencerlas de algún modo para que se unieran a mi búsqueda, pero parecían sumidas en un letargo de felicidad e indiferencia que sólo conseguía enfurecerme. De modo que decidí buscar otras opciones, acudiendo incluso a aquellas personas a quien no quería volver a ver. Y una de ellas era un bombero.

– Hola, soy yo –me presenté por teléfono–. Supongo que te acuerdas de mí, y de mis padres.

Se hizo el silencio unos segundos al otro lado de la línea, y luego una voz masculina me respondió:

– Claro que me acuerdo. Me sorprende tu llamada. ¿Sucede algo?

Secamente le respondí:

– Sí. Mi padre y mi abuelo están desaparecidos. Mi madre no sabe que te estoy llamando, y un compañero del trabajo no cree poder ayudarme. Pero quizá tú puedas echarme una mano y averiguar algo, ya que eres bombero. Tendrás influencias, ¿no? Y es lo mínimo que puedes hacer después de todo lo que pasó. Espero un sí como respuesta.

De nuevo, silencio. Y tras unos minutos:

– De acuerdo. Haré lo que pueda. Quedamos en una hora en el centro de la ciudad; ha habido un incendio allí. No tardes.

Y colgó la llamada.

Avisé a mi compañero y, con un par de mochilas al cuello, comenzamos a caminar por una estrecha avenida mientras comíamos unos bocadillos. Me sentía nerviosa ante la idea de volver a ver a aquel hombre; muchas veces me había acordado de él, pensando dónde estaría y que haría, y de golpe me encontraba a menos de una hora de verle para que me ayudase a encontrar nada más y nada menos que a mi padre. El destino era una compleja telaraña de irónicos reencuentros.

Cuando quedaba un cuarto de hora para la cita sonó mi móvil. Era él.

– Os estoy viendo; estoy unas calles más adelante.

Le hice un gesto a mi compañero para que mirase por la calle. Efectivamente, a unos cientos de metros se observaba una inmensa humareda de color blanco y varios camiones de la policía local y nacional estaban acordonando la zona.

– Sólo podréis pasar si os hacéis pasar por bomberos. Manteneos detrás del cordón de seguridad y os traeré unos trajes.

Miré a mi compañero con preocupación mientras guardaba el teléfono en un bolsillo. ¿Qué hacer? Si nos introducíamos en el perímetro acordonado tenía la certeza de que no saldríamos en mucho tiempo, y además nuestras vidas correrían peligro. Y entonces dudé: ¿realmente estaba siendo buena idea recurrir a aquella persona para buscar a mi padre y a mi abuelo? Sentí miedo y angustia al imaginarme rodeada de llamas y ceniza, y aunque mi compañero me apremió a caminar, le detuve y le dije:

– No es buena idea, no ahora. Pero al menos sabemos que podemos contar con él. Piénsalo: ¿para qué nos necesita presencialmente? Que busque él solo y que nos mantenga informados.

De modo que volví a llamarle, algo más tranquila al saber que no tendría que ver su cara de nuevo.

– Hola. Vemos que hay mucho follón donde estás... Mejor lo dejamos para otro momento. Aun así, por favor, si consigues algo no dudes en llamarme. Estaré esperando... Gracias.

Y sin esperar respuesta, colgué.

Nos dimos la vuelta y nos alejamos del incidente, de las sirenas de las ambulancias y de las cámaras de televisión que comenzaban a llegar al lugar, para caminar tranquilamente por una calle soleada y cálida. El mundo, de algún modo, parecía más tranquilo. Y entonces algo en mi mente hizo ‘clic’ y entendí, tristemente, que nadie me ayudaría en mi búsqueda. Recorreríamos calles, presentaríamos fotografías y preguntaríamos en comercios, empresas y lugares públicos, pero jamás los encontraríamos.

Pero no pensaba renunciar al intento. “Arrepiéntete de lo que no hagas, no de lo que hayas hecho” era uno de mis lemas en la vida. Y lo seguí fielmente, aferrándome a mis principios.

Pasaron meses de búsqueda interminable, durante los cuales fui conociendo a gente, haciendo nuevos amigos (mayoritariamente en el hotel), encontrando nuevos rincones en la ciudad y escribiendo sin descanso. Desgraciadamente mis esfuerzos nunca tuvieron éxito: parecía que mi padre y mi abuelo jamás habían existido, y con el paso del tiempo, cada vez que explicaba la situación en busca de ayuda aumentaban las miradas de compasión, y mis fuerzas fueron debilitándose. Me costó mucho darme por vencida, y la sola idea de no ver jamás a mi padre me hacía llorar por las noches y escribir durante el día. Para olvidar, acudía a las innumerables fiestas que se celebraban en el hotel, siempre sola, pues mi compañero no se atrevía a ir. Cierto es que yo siempre había sido más abierta a conocer a gente nueva y a moverme en distintos ambientes: podía acudir a un banquete de la alta sociedad o al barrio chino y hablar con prostitutas y drogadictos, y siempre fui respetada y querida, pues siempre respeté y quise. A donde fuese, recogía siempre tarjetas de restaurantes, en memoria de un buen amigo con el que, tras tan extraño viaje, había perdido el contacto por completo. Fue duro resignarse a tantas certezas...

Nuestro querido amigo del restaurante me informó una noche de una nueva fiesta: había una presentación de una novela y se celebraba la misma con gente importante del mundo de la cultura y las letras. No dudé ni un instante en acudir a ella, y por una vez conseguí convencer a mi compañero para que viniese.

La sala de fiestas había sido preparada para mostrar un ambiente de júbilo y despreocupación: poca luz y muchos focos de colores, barra libre y música con ritmo para recibir con energía al nuevo escritor y su obra. Rápidamente entablé conversación con los asistentes, y aunque hacía tiempo que mis esperanzas se habían ido apagando, hablé de mi padre y mi abuelo intentando no darle demasiada importancia y cambiando rápidamente de tema. No era mi intención aburrir ni dar lástima, sino hacer amistades que quizá un día pudieran ser realmente valiosas. Y de hecho, esa noche conseguí muchos contactos.

En un momento dado presenté a mi acompañante, que me seguía tímidamente a donde fuera, y él, poco hablador pero muy agudo, en seguida se sintió integrado en aquel ambiente al que no estaba acostumbrado. De hecho acabamos comiendo copiosamente, sobretodo la estupenda mousse de chocolate negro que había preparado nuestro amigo del restaurante: no podíamos parar de servirnos el mismo plato una y otra vez.

– ¿Ves? –le dije sonriendo y orgullosa de él–. No era tan difícil. –Y le guiñé un ojo, mientras él me devolvía una sonrisa de tranquilidad, como si se hubiera quitado un peso de encima.

Y así continuamos viviendo durante un año, haciendo amistades y sintiéndonos cada vez más integrados en el tiempo al que habíamos llegado, olvidando poco a poco el pasado que había sido nuestro futuro. Rehacíamos nuestra vida, aunque de mi interior nunca desapareció esa amargura que provocaba el haber sido forzada a amoldarme a un tiempo y un espacio que no eran míos. No volvimos a saber del bombero o de mi jefe, y ninguno de mis intentos por encontrar pistas acerca del paradero de mis familiares dio frutos. Y fueron precisamente esos sentimientos, unidos a la tristeza de no volver a ver a mi padre, los que me inspiraron para escribir una trilogía de fantasía, al más puro estilo Dragonlance, en un breve espacio de tiempo. Y fue publicada.


«En un hermoso valle entre el Mar del Tiempo y las Tierras Baldías se encuentra una próspera ciudad rural sin murallas, en la que las gentes conviven en paz y armonía. No hay miedo a lo desconocido pues se considera que lo desconocido no existe; las leyendas sobre animales fabulosos y un pasado mítico son meros cuentos para niños y el ambiente es de tranquilidad y sosiego. No son necesarios ejércitos ni comandantes, aunque los que lo deseen pueden estudiar las artes militares en caso de que decidan visitar otras tierras más peligrosas. El orden público es un hábito, y la muerte se acepta como algo natural, pues siempre la preceden enfermedades típicas de la vejez.

Pero lo que no saben esas tranquilas gentes es que un terrible peligro les acecha.

Cuando la leyenda empieza a preocupar a un solo corazón éste traslada su miedo al resto, pero el que no quiere ser escuchado es rechazado y considerado mudo. En un ataque de locura abandona la ciudad gritando un extraño nombre y muere en un bosque cercano con un objeto en la mano, pero nadie quiere preocuparse, y todos hacen caso omiso a las señales.

Un día la bestia alada abandona su nido rocoso y ataca la ciudad, cuyos edificios de madera arden al instante bajo el fuego azul que exhala la quimera por sus fauces. Nadie había creído en ella, largo tiempo olvidada. Los dioses siempre deben ser respetados, pues en caso contrario la despreocupación de sus hijos se convertirá en la ira sagrada del padre y creador. Y así, con sus alas de murciélago extendidas, su brillante pelaje negro como el azabache brillando bajo la luz del sol, su pico de periquito engullendo a mujeres y niños, y sus garras de dragón destrozando lo que su ardiente aliento no puede quemar, la enfurecida quimera arrasa la ciudad por completo, lanzando una maldición sobre la misma: jamás dejará de arder.

Pocos habitantes sobreviven a la desgracia. Muchos consiguen huir a los bosques o por mar, pero la mayoría de ellos morirán a los pocos días. Sólo una chiquilla de unos doce años tiene el coraje suficiente para no huir y, aun así, salvarse de la muerte que la rodea. Cuando la bestia alada abandona el lugar, ella sale de su escondite con lágrimas en los ojos y tose ante el humo y las cenizas. El asfalto de las calles ha quedado inundado de cadáveres, pero la niña nunca encuentra los de su padre y abuelo. Se reúne con dos o tres personas más que, como ella, han conseguido salvarse, pero nadie puede ayudarla.

Y así la niña se convierte en mujer en un larguísimo viaje en busca de sus familiares, pues en su corazón algo le dice que no han muerto. Viaja por lugares conocidos y desconocidos, se enfrenta a otras costumbres y a muchos peligros, y al cabo de veinte años vuelve sola a la ciudad que la vio nacer.

Allí se reencuentra con su madre, y la alegría invade a ambas, aunque la búsqueda no ha dado sus frutos. La maldición sigue en pie: los edificios continúan ardiendo sin pausa, y el mundo se ha vuelto de color gris anaranjado. La ira del dios alado no se ha consumido, y reclama lo que es suyo: el recuerdo y la veneración.

La chica abandona la búsqueda de sus familiares, pero un día, paseando por el bosque cercano, encuentra medio oculta una cueva en cuyo exterior hay un pequeño huerto de hortalizas. Sorprendida y curiosa se adentra en la cavidad rocosa para encontrar sencillos muebles hechos a mano y unas mantas imitando una cama.

– ¿Hola? –pregunta titubeante al vacío–. ¿Hay alguien ahí?

De las profundidades de la cueva aparecen dos hombres, uno de ellos cojeando, el otro delgado y encorvado. Su padre y su abuelo están vivos.

Tan lejos ha ido la muchacha, tantas experiencias ha vivido para que finalmente sus familiares estuvieran tan cerca. Su abuelo le explica cómo huyó de la ciudad el día del ataque y encontró la cueva, donde se quedó para siempre, con miedo a volver. El padre de la muchacha, su yerno, había ido en su búsqueda a petición de la madre, y no tardó en encontrarlo, pero con el paso de los años creyó que todo estaba perdido y que no era posible volver a la ciudad, de modo que ambos habían estado viviendo allí durante todos esos años.

– Dime, nieta –le pregunta el abuelo al cabo de un rato, tras cambiarse la venda de la pierna lesionada–, ¿qué has aprendido en tu viaje?

La mujer se queda pensativa y entonces comprende: allá donde fuera, las divinidades eran respetadas y se aprendía de las guerras y las diferencias. En la historia de la humanidad siempre hay una balanza entre el bien y el mal, y unas veces se decanta hacia un lado, otras hacia el contrario, pero es imposible que se quede nivelada para siempre en el centro. Y así reflexiona ante su padre y su abuelo, a quienes convence para volver a la ciudad.

Y cuando entran por la calle principal y se acercan a la plaza en la que se encontraba su casa, las llamas que han ardido durante más de veinte años empiezan a extinguirse, la ceniza vuela hacia el mar y el humo se dispersa poco a poco. Una suave y refrescante lluvia limpia las calles y los escombros, y finalmente sale el sol.

Al fin han entendido.»


El primer domingo después de las rebajas de invierno, cuando los comercios seguían abiertos para presentar sus nuevas colecciones, me dirigí a un conocido centro comercial con la ilusión de ver en formato libro mis escritos. Al principio me resultó difícil encontrar la sección de literatura, ya que en una sola noche había cambiado toda la disposición de las tiendas, hasta que al fin entré en una sala repleta de libros y con unos enormes ventanales que daban a la zona de recreo del complejo. Las novedades se encontraban expuestas en una mesa en el centro de la sala, y allí vi mis libros, una edición humilde en tapa blanda. El diseño de las portadas poco tenía que ver con el contenido fantástico de las novelas: en tonos azulados, una inmensa y solitaria playa de arena blanca y un mar azul en calma, con un sol semioculto tras la niebla matinal. Y a lo lejos, al lado de las olas, la figura de una mujer con un vestido azul claro.

Una gigantesca sensación de orgullo me invadió al ver, al fin, lo que siempre había deseado: mis obras en papel impreso. Pero mi alegría se vio rápidamente empañada al ver que mi nombre no figuraba por ninguna parte, sino que se leía RHNE ZULUAGA por encima del título. ¿Rhne? ¿Se debería a un error de imprenta? ¿O quizá habían pretendido que utilizara un sobrenombre sin mi conocimiento? Rápidamente dejé sobre la mesa de libros mi chaqueta y mi bolso, cogí mi móvil e hice varias fotos de los tres tomos para enviárselos a mi compañero, informándole de lo que a mí me parecía un desastre. Una vez enviadas las fotos, rebusqué por las estanterías para encontrarme de bruces con otras ediciones similares de mis novelas, cada una con un nombre de autor distinto; en una de ellas ni siquiera aparecía mi apellido, sino que se le atribuía la autoría a un supuesto Alberto Gallarín. En todas las contraportadas se elogiaba la calidad de la obra, pero en ninguna de ellas, ni en las páginas interiores, aparecía mi nombre. Jamás se sabría que yo era la propietaria real de todas aquellas palabras. Incluso pude encontrar un cuarto volumen, escrito por un autor extranjero, y por lo que pude ojear había seguido la historia cuando yo ya la había cerrado, reinventando mundos e insertando personajes y situaciones extraordinarios, lo cual rompía completamente con el mensaje real de mi obra, lo que yo había querido transmitir: sentimientos antes que hechos, estados de ánimo, pasiones y dolor, antes que descripciones interminables de elementos sin importancia.

Mi obra había sido robada y transformada en algo de lo que yo siempre había intentado escapar: la falta de originalidad.

Desesperada, compré varios ejemplares de las distintas ediciones y volví al hotel para explicar a mi amigo del restaurante, que en ese momento se encontraba preparando los postres, lo sucedido. Él se entristeció enormemente ante la noticia, pero me agradeció que le regalase la trilogía bajo el nombre de Rhne Zuluaga, el nombre que más se acercaba al mío. Y entonces me dijo:

– No registraste la obra. De ese modo, cediste todos los derechos a la editorial, que ha tenido total libertad para hacer con ella lo que quisiera. Lo siento mucho, pero... –Y en ese momento su semblante mostró dolor–. Jamás podrás demostrar que esto lo has escrito tú.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, y la gente que estaba a mi alrededor intentó animarme con palabras agradables.

– No te preocupes, nosotros sí sabemos la verdad y nos sentimos muy orgullosos de ti –me decían unos.

– Tranquila, seguro que encuentras la manera de reclamar lo que es tuyo –seguían otros.

– Además, tu sueño era ver publicada tu obra en formato de novela, y lo has conseguido. Esto no volverá a pasarte –me sonreía el resto.

Y mi buen amigo de color me miraba sonriente y orgulloso de mí, y yo le dije:

– Tienes razón, quizá no podré demostrar jamás que esto es mío, pero no volverá a sucederme. Tengo otras historias preparadas y no caeré en el mismo error. Y además –añadí tras unos segundos de silencio–, estoy convencida de que mi padre estaría orgulloso de mí. A través de estas novelas es como si ya lo hubiese traído de vuelta... Sé que de algún modo estará siempre conmigo. Y por otro lado la gente que realmente me conoce y me apoya sabe la verdad, y respetan y admiran lo que he hecho. Con eso ya me basta. El resto... llegará poco a poco. –Y volví a sonreír, animada a cumplir mis sueños.

Y de este modo me dirigí hacia la lavandería con algunas de mis pertenencias, y mientras disponía sobre la bandeja de una de las máquinas todos los objetos que iba a lavar, reflexioné y me di por vencida: ése era el tiempo y el mundo en el que tendría que vivir, y rompería con mi pasado, y sería feliz... Aunque jamás olvidaría.

07 febrero 2008

De un anillo y el TransMarítimo

Hace un tiempo tuve que tomarme una tarde libre, pues sin conocer muy bien el motivo me sentía muy cansada. Había acompañado a mi madre a dar una vuelta y mis piernas parecían agotadas y rígidas, costándome horrores caminar dos pasos seguidos. De hecho, en el metro me encontré con M, una vieja amiga del colegio, que había jugado a básquet pero que había tenido que dejarlo, según me explicó rápidamente, por las dificultades que se vivían en su familia. "Estudio empresariales para poder ayudar a mi hermano en el negocio familiar que queremos montar", me dijo sonriente. Admiré